sábado, marzo 06, 2010

Bruno Schulz*: La época genial

I
Los sucesos ordinarios están alineados en el tiempo, permanecen enhebrados en su curso como en un hilo. Allí tienen sus antecedentes y sus consecuencias que, apretujándose, se pisan los talones sin parar, sin cesar. Esto también tiene su importancia en la narración ya que su alma es la sucesión y la continuidad.
Mas, ¿qué hacer con los acontecimientos que no tienen su propio lugar en el tiempo, los acontecimientos que llegaron demasiado tarde, cuando el tiempo ya había sido distribuido, compartido, descompuesto, y ahora se hallan suspendidos, no clasificados, flotando en el aire desamparados y errantes? ¿Acaso el tiempo es demasiado insignificante para todos los sucesos? ¿Es posible que todas las localidades del tiempo fuesen vendidas? Preocupados, corremos a lo largo del tren de sucesos preparándonos para el viaje. Por el amor de Dios, ¿acaso no hay aquí venta de billetes para el tiempo?… ¡Señor revisor!
¡Calma! Sin pánico, lo arreglaremos calladamente con nuestros propios medios.
¿Habrá oído hablar el lector de los carriles paralelos del tiempo en el tiempo de doble vía?
Sí, existen ramificaciones del tiempo, en verdad algo ilegales y problemáticas, que llevan un contrabando semejante al nuestro, ese acontecimiento fuera de lugar, inclasificable, y uno no puede mostrarse demasiado exigente.
Intentemos, pues, encontrar en algún punto de la narración un desvío, un callejón sin salida, para arrojar allí esa historia ilícita. Sin miedo, sucederá imperceptiblemente, el lector no sufrirá ningún trauma. Quien sabe, quizá, mientras estamos hablando de ello, la dudosa maniobra ya ha sido realizada y avanzamos por la vía paralela.

II
Mi madre se precipitó en la habitación muy asustada y rodeó mi grito con sus brazos queriendo apagar su incendio, sofocarlo en los pliegues de su amor.
Cerró mi boca con la suya y gritó conmigo.
Mas la rechacé y, mostrando la columna de fuego, aquella viga dorada llena de brillo y polvo que atravesando el aire como una astilla no dejaba abatirse, grité:
– ¡Arráncala, arráncala!
La estufa de carbón se hinchó mostrando un enorme garabato coloreado pintado en su frente, la sangre subió a las venas y parecía que de esa convulsión de arterias y tendones, de toda esa henchida anatomía a punto de estallar, se liberaría con un agudo grito de gallo.
Permanecía así con los brazos en cruz, con los dedos estirados, alargados, apuntando furioso, severamente preocupado, derecho como un poste de señales y temblando de emoción.
Mi mano pálida, ajena, me llevaba, me arrastraba, tiesa, era una mano de cera como las enormes manos votivas, como una mano angelical alzada en juramento.
Fue a finales del invierno. Los días con charcos de agua y calor solar dejaban en el paladar un sabor a fuego y pimienta. Los cuchillos relucientes cortaban la pulpa de miel del día en surcos plateados, en prismas repletos de colores y brillantes especias. La esfera del mediodía acumulaba en reducido espacio todo el brillo de aquellos días indicando las horas ardientes y llenas de fuego.
A esa hora, al no poder dar cabida al calor, el día se pelaba en placas de latón plateadas, en hojas crujientes de estaño y capa tras capa iba descubriendo su corazón resplandeciente.
Y, como si fuera poco, las chimeneas lanzaban nubes de humo argentado y cada instante explotaba con una elevación de ángeles, una tormenta de alas devoradas por el insaciable cielo, siempre abierto a nuevas explosiones. Sus claros relámpagos estallaban en blancos plumeros, las lejanas fortalezas se abrían en silenciosos abanicos de amontonadas erupciones bajo la brillante ráfaga de una invisible artillería.
En la ventana del cuarto, colmada de cielo, las interminables olas ascendían hasta romperse en las cortinas en llamas, humeantes; se sumergían en el fuego sombras doradas y vibrantes torbellinos de aire. En la alfombra yacía un oblicuo y ardiente cuadrilátero, ondeante en su claridad, sin poder despegarse del suelo. Esa columna de fuego me indignaba profundamente. Permanecí hechizado, con las piernas abiertas, lanzándole insultos con voz indiferente, ajena. //
En el umbral, en el vestíbulo, consternados, asustados, levantando los brazos hacia el cielo, estaban mis parientes, mis vecinos, mis engalanadas tías. Se acercaban de puntillas y volvían a alejarse, miraban a través de la puerta llenos de curiosidad. Yo gritaba.
– ¡Veis –grité a mi madre y a mi hermano–, os dije siempre que todo estaba detenido, uncido al aburrimiento, aprisionado! ¡Ahora mirad qué diluvio, qué florecimiento de todo, qué dulzura!…
Lloraba de felicidad e impotencia.
– ¡Despertaos –exclamé–, venid a ayudarme! ¡Solo no puedo hacer frente a esta inundación, no puedo abrazar este diluvio...! Yo solo, ¿cómo podré contestar al millón de preguntas deslumbrantes con las que Dios me inunda?
Y como callaban, grité furioso:


–¡Deprisa, capturad de lleno esa abundancia, haced provisiones!
Pero nadie pudo echarme una mano: estaban allí, desamparados, mirándose unos a otros y ocultándose detrás de la espalda del vecino.
Entonces comprendí lo que tenía que hacer.
Apasionadamente, empecé a sacar de los armarios los viejos infolios y libros de cuentas de mi padre, semidestrozados y cubiertos de escritos, y comencé a arrojarlos al suelo bajo aquella columna de fuego que ardía colgada en el aire. No tenía suficiente papel. Mi madre y mi hermano traían sin parar nuevas brazadas de viejos periódicos que amontonaban en el suelo. Yo, sentado entre aquellos papeles, cegado por la luz, con los ojos llenos de explosiones, cohetes y colores, dibujaba. Dibujaba deprisa, con pánico, sobre las páginas impresas y garabateadas. Mis lápices de colores recorrían las columnas de textos ilegibles poblándolas de geniales garabatos, de caracoleadas vueltas, estrechándose de repente en anagramas visionarios, en luminosas revelaciones, que después se volvían a desatar en forma de relámpagos vacíos y ciegos en busca de la inspiración.
¡Ah, esos dibujos luminosos que surgían como bajo una mano ajena!; ¡oh, esos colores transparentes! Cuántas veces hoy todavía, después de tantos años, los hallo en sueños, en el fondo de viejos cajones, brillantes y frescos como el alba, aún húmedos del primer rocío matinal: ¡figuras, paisajes, rostros!
¡Ah, esos azules celestes que congelan la respiración con un toque de miedo!, ¡oh, esos verdes más verdes que la sorpresa!, ¡oh, esos preludios y gorjeos de colores apenas presentidos, intentando encontrar su nombre!
¿Por qué los malgasté entonces en la despreocupación de la abundancia con una impensable ligereza? Consentí a los vecinos revolver y saquear aquel amasijo de dibujos.
Se llevaron pilas enteras. ¿En qué casas pararán, en qué basureros estarán perdidos? Adela empapeló la cocina con ellos que se volvió luminosa y multicolor, como si por la noche hubiera nevado detrás de las ventanas.
Aquella manera de dibujar estaba llena de crueldad, trampas y agresiones. Cuando me sentaba así, tenso como la cuerda de un arco, inmóvil y acechante mientras los papeles ardían en cegadoras llamas, bastaba con que el dibujo, atrapado en mi lápiz, hiciera el más leve intento de escapar. Entonces mi mano, convulsionada por nuevos reflejos e impulsos, se lanzaba encima felinamente. Y, ya ajena, salvaje, rapaz, con rápidas mordeduras, mataba al monstruo que intentaba escapar al lápiz. Y sólo entonces se relajaba, cuando ya muertos e inmóviles los cadáveres desplegaban sobre un cuaderno, como en un herbario, su multicolor y fantástica anatomía.
Era una cacería mortal, una lucha a vida o muerte. ¿Quién podría distinguir al agresor de la víctima en ese nudo donde brotaba la rabia, en ese enredo de gañidos y terror? Sucedía que mi mano arremetía dos o tres veces para, en la cuarta o quinta hoja, alcanzar a su víctima. A menudo gritaba de dolor y miedo cogido entre las tenazas de esos monstruos que serpenteaban bajo mi bisturí.
De hora en hora las visiones se multiplicaban, se apelmazaban y formaban atascos hasta que un día todos los caminos y senderos se llenaron de procesiones y todo el país se ramificó en múltiples peregrinajes de criaturas extrañas y de animales.
Al igual que en los días de Noé fluían esos cortejos multicolores, esos ríos de pelajes y crines, esos ondeantes lomos y rabos, esas cabezas aprobadoras, al ritmo de sus pasos.
Mi habitación constituía la frontera y la barrera. Aquí se detenían, se apretujaban con balidos suplicantes, daban vueltas, pisoteaban nerviosa y salvajemente criaturas jorobadas y cornudas embutidas en pelajes y armaduras zoológicas, y, asustadas unas de otras, miraban con ojos sorprendidos y temerosos a través de los orificios de sus tupidas pieles mugiendo lastimeramente, amordazadas en sus máscaras.
¿Acaso esperaban que las nombrara, que les desvelara un misterio que ni ellas mismas comprendían? ¿Acaso me preguntaban un nombre para entrar en él y llenarlo con su propio ser?
Acudían extraños leviatanes, criaturas-preguntas, criaturas-proposiciones y tuve que ponerme a gritar y ahuyentarlos con mis propias manos.
Se apartaban a reculones, bajando la cabeza, mirando de reojo, se dispersaban y volvían a regresar para fundirse en un caos sin nombre, en un revoltijo de formas.
¡Cuántos lomos horizontales y jorobados pasaron bajo mi mano, cuántas cabezas se deslizaron bajo mi caricia aterciopelada! Comprendí entonces por qué los animales tenían cuernos.
Éstos eran todo lo inexplicable que no cabía en sus vidas, un capricho salvaje e inoportuno, una irrazonable y ciega obstinación, una ideé fixe que sobrepasó los límites de su ser y que, sumergida repentinamente en la luz, se coaguló formando una materia tangible y dura. Adquirió así una forma imprevisible, increíble, retorcida en arabescos fantásticos y aterradores e invisible a sus ojos, una cifra desconocida, bajo cuya amenaza vivían los animales.
Comprendí por qué esos animales eran dados al pánico irracional y feroz: sumidos en la locura no podían liberarse del enredo de sus cuernos, entre los cuales, cabizbajos, miraban tristes y encolerizados buscando una salida entre sus astas. Aquellos animales estaban lejos de ser liberados, portaban sobre su cabeza, con resignación y pena, los estigmas de su error.
No obstante, los gatos todavía se encontraban más alejados de la luz. Su perfección asustaba. Encerrados en la precisión de sus cuerpos, no conocían el error ni la digresión.
A veces descendían por un instante al fondo de su ser; inmovilizados en su pelaje, se volvían serios, amenazadores y solemnes, y sus ojos se ponían redondos como la luna, absorbiendo la luz en sus embudos de fuego…
Mas, un momento después empujados a la superficie, devueltos a la orilla, bostezaban su propio vacío, desencantados y sin ilusiones.
Su vida estaba hecha de una contenida gracia que no dejaba lugar a una alternativa. Aburriéndose en su cárcel de perfección sin salida, penetrados de spleen, afectaban, con el labio fruncido, una crueldad sin objeto en su pequeña cara, alargada por hirsutos y oscuros pelos. //
Más abajo se deslizaban furtivamente los hurones, los turones y los zorros, ladrones en el reino animal, criaturas de mala conciencia. Alcanzaron su lugar en la existencia mediante la intriga, la trampa, contrariamente al plan de la creación; perseguidos por el odio, amenazados, siempre alerta, siempre temerosos, amaban ardientemente su vida robada, oculta en las madrigueras; estaban dispuestos a dejarse desgarrar por defenderla.
Al final pasaron todos y el silencio se hizo en mi habitación. Me puse de nuevo a dibujar sumido en mis papeles bañados en luz. La ventana estaba abierta y sobre el alféizar tórtolas y palomas temblaban al contacto de la brisa primaveral. Inclinando la cabeza, mostraban inquietas el perfil de un ojo redondo y vidrioso, dispuestas a emprender el vuelo. Los días tornábanse suaves, opalinos y luminosos, o, a veces, nacarados, llenos de una velada dulzura.
Llegaron las fiestas de Pascua y mis padres se fueron durante una semana para visitar a mi hermana casada.
Me dejaron solo en casa presa de mis inspiraciones.
Adela me traía todos los días el desayuno y la comida. No advertía su presencia cuando aparecía en el umbral, respirando la primavera en su vestido de tul y volantes.
A través de la ventana abierta entraban ligeros efluvios llenando la estancia con el reflejo de lejanos países.
Durante un instante aquellos colores de claras lejanías se mantenían en el aire para diluirse enseguida, dispersarse, y ser reemplazados por sombras azules, por la ternura y la emoción. La avalancha de imágenes cedía poco a poco, la fuerza de las visiónes se atenuaba.
Me hallaba sentado en el suelo. A mi alrededor yacían lápices, pastillas de acuarelas, colores divinos, los frescos azules, los verdes perdidos en los límites del asombro.
Y cuando cogía el lápiz rojo, se abrían paso en el luminoso mundo fanfarrias de un feliz color escarlata, y en todos los balcones rompían olas de rojas banderas y las casas se ponían en fila a lo largo de las calles en una línea recta, triunfal. Los desfiles de los bomberos municipales en uniforme color frambuesa se pavoneaban sobre los claros felices caminos, y los hombres saludaban con sus sombreros color cereza. Una dulzura de cereza, el canto de los pinzones, inundaban el aire saciado de lavanda y suaves destellos.
Y cuando cogía el color azul, el reflejo cobaltado de la primavera pasaba por todas las calles y penetraba por todas las ventanas, que, al abrirse, dejaban oír una tras otra el tintineo de sus cristales, colmados de azul y fuego celestial; los visillos se erguían como alarmados y una ligera y alegre corriente empujaba aquellas ondeantes muselinas y adelfas en los balcones vacíos, como si a lo lejos, en el otro extremo de aquella larga y clara avenida, alguien hubiera aparecido y, radiante, se acercara precedido por la noticia, por el presagio, anunciado por el vuelo de las golondrinas, por las señales luminosas que se percibían aquí y allá.

III
Precisamente durante las Pascuas, a finales de marzo o comienzos de abril, Szloma, hijo de Tobiasz, abandonaba la prisión en la que lo encerraban durante el invierno a causa de sus escándalos, de sus locuras veraniegas y otoñales. Una tarde de esa primavera, lo vi desde mi ventana, saliendo del peluquero que hacía a la vez de sacamuelas y cirujano de la ciudad; con una elegancia adquirida bajo el rigor carcelario, abrió la puerta acristalada, resplandeciente, y descendió los tres escalones de madera, lozano y rejuvenecido, con la cabeza cuidadosamente rasurada, vestido con una chaqueta algo corta y un pantalón a cuadros, también corto, delgado y con aire juvenil a pesar de sus cuarenta años.
La plaza de Santa Trinidad estaba vacía y limpia. Tras los deshielos primaverales y el fango, que barrieron más tarde las lluvias torrenciales, el pavimento se veía ahora lavado, seco, como consecuencia de numerosos días de un tiempo apacible y discreto, días ya largos, quizá incluso demasiado amplios para aquella estación precoz, casi desmesuradamente alargados, sobre todo al atardecer, cuando el crepúsculo se estiraba interminablemente, todavía vacío y estéril en su inmensa espera.
Cuando Szloma hubo cerrado la puerta acristalada de la peluquería, el cielo la llenó inmediatamente, como llenaba todas las pequeñas ventanas de aquella casa, abierta a la umbrosa profundidad del firmamento.
Habiendo descendido la escalera, Szloma se encontró completamente solo al borde de la gran concha vacía de la plaza, cubierta por el azul del cielo sin sol. La plaza, grande y limpia, parecía aquella tarde una bola de cristal, un año nuevo no empezado todavía. Szloma se detuvo al borde, completamente apagado y gris, atrapado entre tonalidades azulosas, sin atreverse a romper la perfecta esfera del día aún no utilizado.
Sólo una vez en el transcurso del año, el día en que salía de la prisión, Szloma se sentía tan puro, nuevo y ligero. El día lo recibía lavado de sus pecados, renovado, reconciliado con el mundo, y abría ante él sus horizontes puros, orlados de una silenciosa belleza.
No se apresuraba. Detenido en el borde del día, no se atrevía a pasar, a rayar con su paso menudo y juvenil en el que se insinuaba una leve cojera, la concha de la tarde delicadamente abovedada.
Una sombra transparente se extendía sobre la ciudad. El silencio de las tres de la tarde subrayaba la resplandeciente blancura de tiza de las casas que se desplegaban sin ruido, como los naipes de una baraja, alrededor de la plaza. Apenas vislumbradas esas imágenes, ya estamos dando otros naipes que extraen sus reservas de blancura de la gran fachada barroca de la iglesia de Santa Trinidad, que ordenaba presurosamente su agitado ropaje: inmensa camisa divina cayendo del cielo, plegada en pilastras y vanos, henchida de volutas y arquivoltas patéticas.
Szloma levantó el rostro y aspiró el aire. Una ligera brisa le trajo el perfume de las adelfas, el olor de los aderezos pascuales y de la canela. Entonces estornudó ruidosamente, y, aquel estornudo, llevó a las palomas que estaban sobre el tejado del puesto de policía a emprender un asustado vuelo. Szloma sonrió: por el temblor de sus narices, Dios le anunciaba la llegada de la primavera. Era aquella una señal más infalible que el regreso de las cigüeñas; a partir de entonces, los días iban a estar marcados por esas explosiones que, perdidas entre el ruido de la ciudad, aquí y allá, añadían su ingenioso comentario a los acontecimientos.
– ¡Szloma! –exclamé desde la ventana de nuestro piso.
Szloma advirtió mi presencia y me envió su agradable sonrisa y un saludo militar.
– Estamos solos en la plaza tú y yo –dije a media voz, pues la bola del cielo resonaba como un tonel.
– Tú y yo –repitió con una triste sonrisa–. ¡Qué vacío está el mundo hoy!
Podríamos dividirlo y nombrarlo de nuevo: yace abierto, desamparado, sin pertenecer a nadie. Un día como éste, el Mesías se acerca hasta el borde del horizonte y contempla la tierra. Y cuando la ve así, blanca y silenciosa bajo el cielo azul, puede ocurrir que los límites se difuminen bajo su mirada, que azulosas estelas de nubes formen una escala bajo sus pies y que descienda a la tierra sin saber él mismo lo que hace. Sumida en la ensoñación, la tierra no reparará en aquel que habrá descendido sobre sus caminos, y los hombres una vez despiertos de la siesta no recordarán nada. La historia será borrada y todo volverá a ser como en los siglos de los siglos, antes del comienzo.
– ¿Adela está en casa? –preguntó sonriendo.
– No hay nadie, pasa un momento. Te enseñaré mis dibujos.
– Si no hay nadie, no rechazaré ese placer. Abre la puerta.
Después entró, echando a derecha e izquierda una mirada de ladrón.

IV
– Son unos dibujos formidables –decía–, retirándolos de sus ojos con gesto de experto. Su cara se iluminaba con el reflejo de los colores y las luces. A veces ponía una mano semicerrada alrededor del ojo y miraba a través de ese catalejo improvisado, con los rasgos contraídos por una mueca de seriedad y conocimiento.
– Se podría decir –continuó– que el mundo pasó por tus manos para renovarse y mudarse y cambiar de piel como un maravilloso lagarto. Ah, ¿crees que yo hubiera robado y cometido tantas locuras si el mundo no estuviese tan usado y decaído, si las cosas no hubieran perdido su dorada potestad, lejano resplandor de las manos divinas?
¿Qué se puede hacer en un mundo así? ¿Cómo no dudar, no decepcionarse, cuando todo está cerrado a cal y canto, el sentido amurallado en su entraña, y cuando tú golpeas siempre contra los ladrillos como contra el muro de una prisión? Ah, Józef, tú tenías que haber nacido antes.
Ambos permanecíamos de pie en la habitación semioscura y profunda, alargada en perspectiva hacia la ventana abierta sobre la plaza. De allí nos llegaban las pulsaciones ligeras de las olas de aire que se estiraban sin ruido. Cada soplo traía una carga nueva, acompañada con los colores del horizonte, como si la anterior se hubiera desgastado y agotado. Aquella habitación sólo vivía del reflejo de las casas distantes; como una cámara oscura, conservaba los colores en su profundidad. Por la ventana podía verse, como por el pequeño extremo de un anteojo, sobre el tejado del puesto de policía a las palomas arrullándose y paseando a lo largo de la cornisa. En ocasiones, levantaban el vuelo todas juntas dibujando un semicírculo por encima de la plaza. Entonces, la pieza se iluminaba por un instante y los reflejos de sus alas abiertas parecían alargarla, después, se apagaba cuando al descender volvían a cerrar sus alas.
– A ti, Szloma– dije– puedo revelarte el secreto de estos dibujos. Desde el principio he dudado de ser realmente su autor. A veces me parecen un involuntario plagio, algo que me hubiera sido sugerido, aconsejado… como si una fuerza extraña se hubiera servido de mi inspiración para fines que ignoro. Porque he de confesártelo –añadí en voz baja mirándole a los ojos– encontré el Auténtico.
– ¿El Auténtico? –preguntó, con la cara iluminada por un súbito resplandor.
– Sí, además mira tú mismo –dije–, arrodillándome ante el cajón de la cómoda.
Saqué primero el vestido de seda de Adela, una caja con cintas, sus zapatos nuevos de tacón alto. La fragancia de los polvos y el perfume inundó la estancia. Finalmente, extraje todavía algunos libros; en el fondo se encontraba oculto, desde hacía tiempo, el Libro: y brillaba.
– Szloma –dije conmovido–, mira, aquí está…
Mas él, sumido en una profunda meditación, examinaba con la mayor seriedad el zapato de Adela que tenía en la mano.
– Esto, Dios no lo dijo –murmuró–, sin embargo, esto me ha convencido, desarmado, esto me ha privado de mi último argumento. Estas líneas irresistibles, conmovedoramente exactas, definitivas, golpean como el relámpago en el corazón de las cosas. ¿Cómo protegerse, qué oponerle cuando uno está ya vencido, traicionado por los aliados más fieles? Los seis días de la creación fueron claros y divinos. Mas, el séptimo día, Él sintió bajo sus dedos una trama extraña y, asustado, retiró las manos del mundo, aunque su vehemencia creadora hubiera sido calculada para muchas más noches y días. Ah, Józef, desconfía del séptimo día…
Y levantando con perplejidad el esbelto zapato de Adela, continuó, como hechizado por la irónica expresividad de aquella cáscara vacía y acharolada:
– ¿Comprendes el monstruoso cinismo de este símbolo en el pie de la mujer, la provocación de su andar perverso sobre esos rebuscados tacones? ¡Cómo podría abandonarte al poder de tal símbolo! Dios me libre…
Mientras decía esto, deslizaba hábilmente bajo su chaqueta los zapatos, el vestido, los collares de Adela.
– ¿Qué haces, Szloma? –dije asombrado.
Mas él se dirigía precipitadamente hacia la puerta, cojeando levemente, en su pantalón a cuadros un poco corto.
Ya bajo el umbral, volvió hacia mí una cara gris, completamente borrosa, y, con un gesto tranquilo llevó la mano a sus labios. Después franqueó la puerta.
**Escritor, dibujante y pintor polaco (1892-1942).
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