sábado, julio 07, 2012

Armonía Somers: Historia en cinco tiempos...


La mujer

Nada en el mundo podía compararse a su desgracia de hombre. Nada... En medio 
de los puñetazos dados sobre la mesa, en la que bailoteaba a cada impacto la lámpara 
de queroseno, se producía el desparramo intermitente de aquellas palabras obsesivas, rubricadas por las lágrimas que iban cayendo en cada embestida del desahogo. Porque una casilla junto a la vía del ferrocarril, que es la última miseria a que puede llegarse, era algo sin importancia. No poseer más bienes en un mundo atiborrado de objetos posibles como éste, que una cama, una mesa, la silla de la palangana y el cajón del primus y, si acaso cupieran en el inventario, ciertos banderines provenientes de un remolcador desguazado con que tuviese que tapar los agujeros de las paredes, tampoco esto daba para desesperar mucho. Pues lo cierto era que hasta hace unas pocas horas había estado ella, la mujer, siempre cantando y riéndose, nunca se sabría si de estúpida o de feliz, o de las dos cosas al mismo tiempo. Y también llorando de tanto en tanto, para distraerse, según su explicación bastante oscura.

Todo temblaba allí, y hasta lo que estaba suspendido en clavos se desprendía en ocasiones al paso de la máquina. Ella había adoptado un sistema: reírse del escándalo producido por la epilepsia de los utensilios y tratar al mismo tiempo de disminuir sus efectos. Percibía por las plantas de los pies la vibración lejana. Y entonces, al llegar el momento preciso, se abrazaba a los enseres más precariamente situados y les impedía caer, sosteniéndolos por turnos brevísimos como los malabaristas.

- Elena, Elena -dijo de pronto el hombre a media voz, como si ella se hubiese corporizado en base a los elementos del vacío.

La dibujó en el aire. Tenía naricilla respingona y dientes limpios por la virtud de una saliva milagrosa. Y se conservaba siempre blanca, aun sin cuarto de baño, por la única vía de la palangana que estaba sobre 
esa silla, y que a veces debían vigilar a causa del suelo desparejo. Fue precisamente aquella serie de pensamientos neutros, desconectados del drama de la fuga, lo que le permitió penetrar con suavidad en cierta zona mal vigilada por la angustia, la misma que suele abrirse a los que están velando a un ser querido, evaporándoles las lágrimas.

En ese lampo vertiginoso entre el dolor y el olvido de la causa, la volvió a revivir en aquellos momentos en que el tren nocturno se les echaba encima de golpe estando ambos en la cama, y ella, por la fuerza de la costumbre, se despertaba abrazándolo para sostenerlo. Entonces, y trasmitidas por la locomotora, él sentía todas las vibraciones que pueden recorrer un cuerpo femenino hecho de pequeñeces agregadas a la talla principal, como esos muñecos que fabrican los chicos, por falta de madurez creadora.

Se sonó la nariz, tornó a leer el papelucho: “Me boy, siento que hotro destino me yama. Si es para vien, no me hesperes nunca.” De pronto, por obra y gracia del maldito tren que se acercaba, y los ladridos del perro que decidiera quedarse, el hombre dio en mirar las paredes de lata donde se iba a producir el mal de san vito de 
los colgados. Maldición. Ella se había llevado como único equipaje los banderines de señales, que desde el primer momento constituyeran su embeleso. No volvería más, pues, nunca más. Estaba todo dicho. La sensación de cosa que ya no tiene remedio le alcanzó un golpecito de condolencias en la espalda, comenzó a serenarlo con fórmulas de circunstancias. Sí, se dijo sin esperar que alguien viniera a contárselo de afuera, una cierta esperanza hubiese sido peor, algo para estirar la pena inútilmente. Vio aquella cosa verde planear por breves instantes de uno a otro rincón y luego desvanecerse en el aire con olor a soledad de la pieza, justo cuando el combustible comenzaba a agotarse y la mecha de la lámpara a saltar como en una sola pata.

Era ya casi de madrugada. Lo supo por el gallo, tan buen marido, tan circunspecto en su dolor cuando ellos íbanle comiendo una a una las gallinas. Que luego se acabaron, junto con el último grano de maíz. Y 
entonces él quedó picoteando en el pozo que había practicado en busca de lombrices. Que también se fueron terminando, pues. ¿Todo? No. Quedaron aún el perro y el caballo, para los que siempre habrá algún resto aunque el hombre no coma. Haciendo aquel balance, Juan sin mujer cayó en la cuenta que tenía muchas pertenencias en el mundo. Hasta con la evasión del color de los banderines. Pues qué cosa mejor que unos pedazos de diarios para los agujeros. Nunca se supo que eso despertara la codicia de nadie...


El gallo

Iba y venía a su casa de hombre solo con esa filosofía del espacio que comienza a provocar la cama cuando nadie incomoda ya, y uno puede dormir a lo ancho, abriendo brazos y piernas. Porque, al fin y al cabo, ¿qué? La mugre que comienza a prenderse de las sartenes en ausencia de la mujer no es tal cosa, sino grasa. Y la grasa curte el metal, mejorando las frituras. Su finada madre siempre lo decía: Los ricos no saben lo que son 
los gustos de las comidas, de tanto limpiar el c... de las ollas...

Aquella mañana, a pesar de cumplirse treinta días del abandono, se levantó más alegre que nunca. El perro y 
el caballo le dieron ese golpe de luz interior que no proviene de ninguna fuente lumínica, porque puede sentírselo aun en medio de la noche. Miró hacia el sitio donde en general pululaba el gallo ahondando pozos y no lo vio. Rayos, no lo había oído cantar, era cierto. Ni tampoco defenderse de nada. Un bicho de esos es como una nación cuando se conmueve. Por investigar la cosa, ensilló con toda la paciencia con que se puede alargar el placer de hacerlo, montó y salió a recorrer el campo a lo largo de la vía, seguido por el perro. Y allí, a una media legua más o menos, lo vio, caminando quién sabría hacia dónde, como un hombre primitivo en pos de las tierras fértiles, sin importársele ya de los recuerdos de aquellos días de maíz, que luego se hicieron sólo migas de mantel, pero que eran algo. Y que después, cuando a nadie se le hubiera ocurrido dejar migajas, se transformaran en largas jornadas de lombrices, de más en más escasas, hasta llegar a cero.

Cada vez se hallaba el hombre a menos distancia del animal, que seguía la línea férrea como un sonámbulo 
en los pretiles. Iba ya a dos pasos de su cola, cuando de pronto recapacitó. Pero no en simple dueño de un gallo trashumante, sino de sí, de su propio libre albedrío llegado el caso de largarse. Un gallo que se va porque se agotaron los pozos donde buscar lombrices, pensó. Pero si era igual que un hombre hasta para marcharse sin saber adónde, cuando la necesidad aprieta mucho y los días amanecen y se gastan sin soltarnos prenda...


El perro

Y ya no más que temer. Al fin, las propiedades que se pierden solas son las mejores, porque al menos expresaron su deslealtad natural, no anduvieron con rodeos. Así lo estaba razonando todo junto al cerco de la casilla, cuando, no ya por la sensibilidad plantar de la mujer, sino por las orejas del perro, supo que venía el tren. Como siempre el animal empezó a ensayar un avance con las patas de atrás, limándolas contra las piedras, a bien de estar en buenas condiciones para correr junto al convoy algunos metros ladrando a todo volumen. Las cosas habían principiado, pues, como siempre. De pronto, y tal el que asiste a las situaciones fulminantes de los sueños, pareció meterse por los ojos del hombre aquella imagen, el cocinero del tren arrojando ciertos comestibles por la ventanilla. El perro, con el hambre pudorosa que era el orden del día en la casa, dio sin embargo un vuelco moral en el orgullo y agarró por los aires lo que se le venía. Pero el tipo, al cual se le habrían echado a perder por alguna razón las provisiones, empezó a tirar más y más cosas por la borda. Y así el animal largó lo que portaba en la boca para ir por las siguientes, sin comerse ninguna y sin abandonar tampoco las otras. A todo lo que alcanzaron sus ojos, el tren seguía descargando su vientre descompuesto y el maldito perro agarra y deja las presas. Luego, ya no se vio más nada.

Aguardó toda la tarde. No, un perro es el último ser viviente que puede esperarse que nos traicione por el vislumbre de una nueva abundancia. Sin embargo fue así, aunque no estuviera escrito. Es que en materia de infidelidad puede sucedernos todo, dijo en la tarde vacía de resonancias, hasta que el perro abandone también el lugar donde ni la mujer ni el gallo se animaron a seguir tirando.

Era un final de jornada con anuncios visibles de tormenta. Y fue agarrándose de aquella pequeñez de orden meteorológico que logró el mismo escape de la primera noche sin mujer, en base a los pensamientos de escasa importancia que revoloteaban en su aire. Cuando caían ya las primeras gotas, y se vio por el color del cielo que aquello iba a ser cosa de agua y viento, ató el caballo a la cerca lo más fuerte que pudo y penetró en la casilla, dispuesto a saborear a plena conciencia su refinada soledad de hombre que ya no tendrá a nadie por quien sacrificar las propias decisiones, aun la de abandonarlo todo para los que se arrojan sobre bienes mostrencos.

-Maldita esclavitud -dijo encendiendo la lámpara -malditos trastos acumulados. Uno pasa la mitad de la vida junta que junta. Y luego, un día que quiere montar aunque sea en pelo y largarse no puede. A veces sólo porque le dará cierto asco pensar que en el colchón donde se ha dormido vaya a instalarse un pueblo de lagartijas.


El caballo

Esa noche el cielo se descolgó. Entre el silbido de las locomotoras y el viento que arrancaba los pegotes de diarios de los agujeros, se protagonizó un dúo salvaje que sólo le fue posible dominar echándose algo fuerte en el estómago y metiendo la cabeza bajo las cobijas. Iba ya a soplar la llama cuando un rayo brutal caído en la cantera próxima, y acompañado en su resonancia por un chasquido como de resquebrajamiento, casi arrancó la vivienda. Menos mal que dejara bien amarrado el caballo al cerco, pensó, porque entreabrir nomás la puerta sería para salir por los aires con casilla y todo como en un globo antiguo. Y el olor azufrado del aire lo fue tumbando de a poco en el sueño.

A la mañana siguiente todo había quedado en silencio. Era, cierto, una calma sospechosa de campo de batalla cuando el pelotón yace por tierra. Abrió con ciertas aprensiones de sobreviviente único, miró en redondo. El barro formaba alrededor de la casa una especie de compota negra que ni con cinco días de sol iría a endurecerse. Notó, además, algo raro en su torno. Era como un despertar en la habitación del amigo que ha llevado a dormir a su compañero de beberajes después de una noche violenta. Hasta que de pronto hizo pie en la realidad, viendo que no estaba más la cerca. Y bueno, un chisme así, qué puede interesar después de tanta pérdida... Pero tampoco vio el caballo que la había arrancado en la noche con su fuerza bruta exaltada por el espanto, a la caída del rayo y al no poder reventar el cabestro.


El alambre

Sin el caballo y ni siquiera la cerca para tomarla de trampolín, decidió escapar como pudiese de aquella masa movediza de lodo. De vez en cuando alguna piedra sobresalida le permitía dar el salto y buscar otra que 
sirviera de próximo apoyo. Hasta que logró advertir los hilos del alambrado que lo separaban de la vía. Sólo uno, el de arriba. Los otros colgaban reventados por las tensiones de la noche. Vio también que el alambre era de púas, y lo fue tomando con grandes precauciones. Pero aun así resultaba difícil eludir los pinchos, más juntos que lo que da el ancho de una mano. Además, cada vez que intentaba preocuparse de disminuir el riesgo, o se hundía en el barro o se agarraba con más fuerza del hilo, siempre dispuesto a recordarle el precio del peaje. 
En uno de esos forcejeos cayó de espaldas. Fue una sensación humillante de cucaracha accidentada, que lo enajenó de sus últimos vestigios de orgullo humano. Incorporándose como pudo, volvió a prenderse con todas las uñas, sin importarle ya las criminales rosetas del hilo. En medio de su dolor, y por breves instantes de recuperación de la memoria, se le aparecían en el aire cosas extrañas (el gallo que gira en la veleta, el perro, la mujer y el caballo en una pista de circo), la mitad de una zona real y la otra en la de las pesadillas. Pero era necesario por encima de todo aquello mantenerse en forma ante las alternativas del barro y el alambre, un barro que seguiría extendiéndose un buen trecho, pero un alambre que en determinado momento pudiera 
estar cortado.

Fue cuando ya no acertaba si a continuar o caer de una vez, y además su instinto le decía que algún próximo ferrocarril estaba por echarle su aliento en la cara, que le ocurrió alumbrar una idea perdida en un recodo de su existencia, cuando le arrojaron durante noches y noches una extraña imploración contra cierto mal de niño que parecía querer llevárselo. Una mujer cuya cara se hallaba oculta bajo toneladas de tiempo invocaba en aquel entonces a alguien en la misma forma especial con que él lo estaba haciendo respecto a la continuidad del alambre. Era más que extraño eso de haber perdido el final del asunto, como una novela a la que le han arrancado la última página, pero que en tal forma será el espejo de la propia vida que sobren los desenlaces. Un remate como éste, por ejemplo, que se acabase ahora el hilo. El cruce de un camino firme lo interrumpía al llegar al poste. Agarrándose a este último sostén, el hombre vio pasar a cierta distancia el mundo desprevenido de vehículos y gente a pie que se desplazaba. Iba ya a enrostrarles a gritos lo que terminaban de hacerle, nada menos que interrumpir su trance evocativo, cuando el misterioso ser aguantador de las arengas de la curandera, que quizás se habría enfundado en el alambre, pareció cambiar de mensaje. Y él lo vio todo de pronto, allí cerca, casi sin creerlo. Su mujer, de regreso de la aventura estéril, venía en su dirección por la carretera, con el gallo flaco bajo el brazo y la actitud de una madre que encuentra jugando junto al río al chico perdido y lo trae a arreglar cuentas en la casa. Detrás, con las orejas gachas y un mundo de experiencias incomunicables en la mirada, trotaba al sesgo el perro. Era cuestión, pensó el hombre aun sin largar el poste, de salir ahora los tres en busca del caballo, para volver a empezar el ciclo.

* Armonía Somers, seudónimo de Armonía Liropeya Etchepare Locino ( Uruguay, 1914-1994) Escritora y pedagoga uruguaya.
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