jueves, noviembre 18, 2010

Francisco Madariaga


El tren casi fluvial

En la primavera del año mil novecientos veintisiete,
contando sólo quince días de vida, viajaba yo por el norte
de la Mesopotamia Argentina, en un tren antiguo,
marrón, casi fluvial, del que descendí después de treinta
y dos horas de viaje, entre las arenas de una estación
de vaquerías y puñales, de troperos y criaturales
hambrientos vendedores de naranjas y de tortas de harina
de maíz amarillo o de almidón de mandioca; de caudillos
políticos y sus gentes, con ponchos y pañuelos de cuello
llameantes: celestes los liberales, de valiente pero
sereno trato, muy cantores de su viejo y épico partido,
envueltos en sus delicados ponchillos celestes; colorados
los autonomistas, de aspecto un tanto endemoniado,
fantástico y bravío, venidos desde lo hondo de los
esteros; verdes los radicales, en actitud de defensa del
voto libre y de reconciliación entre el gauchillaje de hijos
y de nietos de los que fueron lanceados entre sí en
anteriores y terribles contiendas políticas correntinas.

Se paseaban solos estos paisanos por el costado de los
trenes parados en las estaciones, o acompañaban a sus
legítimos Jefes Naturales en la violenta y mágica
Tradición... Jefes moderadores de los rápidos instintos
bélicos de sus acompañantes, los pobladores de esos
antiguos pagos perdidos. Esos terribles y a la vez
delicados Jefes Criollos, cuyas imágenes han quedado
para siempre grabadas en la conciencia de mi sangre,
conteniendo o dejando proferir un yurú peté o un
sapukai (palmeteo de boca, o alando, para guerra,
fiesta o rodeo) a alguno de sus hombres, un poco
bandeado por la caña y desbandado en medio de este
peligroso señorío de caudillos, domadores, troperos,
cuatreros, y mariscadores-cazadores de las aguas con
el rictus de los ojos, de la boca y del corazón igual al
de sus antepasados gauchos guerreros de las famosas
caballerías correntinas del pasado siglo en nuestras
guerras civiles.

Descendí del tren arrullado por el tintineo de las espuelas
sangrantes y mojadas por el rocío de un largo viaje de
algún habitante gaucho —¿Teolindo Frutos?— de esa
región sepultada entre los palmerales y las aguas
de líquido celeste y amarillo... De esas tierras con
habitantes de llanurales (incluidos los de las antiguas
guerras civiles) cuyas ánimas perviven, hurañas y
brillantes. Todos, vivos y muertos, cabalgando, llenos
de lagunas de oro y sangre depositados en su corazón
y en la conciencia de su memoria, siempre fulgurante,
sangral y móvilmente.

Después de todo esto sobrevino para mí una larga
ausencia cosmopolita, para, posteriormente, sentir de
nuevo el llamado del relincho del caballo del subtrópico
acuático del País Correntino, y volver a entregarme,
condenado, a la eclosión de mi "delito natal", reo de
muerte de ese amor, que he tratado de ir expulsando
de mí en forma sangral, endemoniado por la
herramienta de la imagen moderna, en el esteral vivo
de todos los colores, alimentado por las hadas del
palmeral que, hasta ahora, me tienen reservado un
potrillo parejero de oro sanguíneo, para que pueda
recorrer siempre un poquito por el Ras de la Naturaleza
correntina.

Fue inútil por tanto que a la edad de catorce años
me llevaran a estudiar a Buenos Aires. Era ya muy tarde,
porque siempre he vuelto y volveré a esa República Natural
y Joyante, para recorrerla: en trenes, en balsas,
en vapores, en carretas, en canoas, en burritos, en
caballos, y si fuera necesario hasta montado en arañitas.
Todos ellos transportes a tracción de sangre de oro
fino y encantado en el sueño natal-universal del Cosmos
Correntino.

Pago Largo, Caá Guazú, Laguna Brava, Vences Rincón,
y otras... Batallas ganadas y perdidas en la defensa
de una personalidad y de una autonomía irreductibles.

A veces veo en los sueños, desde un verde ventanal,
un chasqui de guerra celeste y otro colorado, que se
cruzan al pie del viento: ¡eso es Corrientes!

Francisco Madariaga (Corrientes, 1927- Buenos Aires, 2000. Publicó, entre otros, los siguientes libros: El pequeño patíbulo (1954), Las jaulas del sol (1960), El delito natal (1963), Los terrores de la suerte (1967), El asaltante veraniego (1967), Tembladerales de oro (1973), Aguatrino (1976), Llegada de una jaguar a la tranquera (1980), Una acuarela móvil (1985), Resplandor de mis bárbaras (1985), País garza real (1997), En la tierra de nadie (1998) y Aroma de apariciones (1998).

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