viernes, octubre 08, 2010

Daniel Moyano: Para un 8 de octubre*

La escritora Valeria Cervero publicó en su cuenta de Facebook este relato del narrador argentino Daniel Moyano, que quisiera comparti con todos los lectores de este blog.

Por los años 42 o 43 en Alta Gracia, mi primo y yo íbamos todos los jueves a la Plaza Manuel Solares a la hora de la retreta, para vengarnos de que no nos dejaban estudiar música, que era nuestra vocación. Aquella acción consistía en llegar de súbito a las espaldas de Ocampo, el director, justo cuando éste levantaba la batuta para atacar la primera pieza del concierto y emitir a dúo, lo más fuerte posible, una serie de sonidos extraños, ante el escándalo de las viejas que tejían en los bancos cerca de la pérgola y del propio maestro, que se agarraba los pocos pelos que tenía y nos insultaba en voz baja pero concentradamente. Nosotros seguíamos con nuestra manera de hacer música, en este caso de percusión, a voluntad, tragando aire primero y soltándolo luego con distintas aberturas de boca, regulando intensidad y altura según nuestras intenciones.
Un poco más arriba, y cerca del Sierras Hotel, vivían los padres de un compañero de colegio, físicamente muy ágil, que se llamaba Ernesto y era asmático, y más o menos siguiendo la misma dirección pero hacia la izquierda, en un chalet que se llamaba Los Espinillos, un viejo cascarrabias, flaco y calvo, que se pasaba los días y las noches componiendo música. La misma que nos negaban a nosotros por no tener piano, por ser muy pobres o malditos, qué se yo, el hecho es que cuando aparecimos por el Conservatorio y nos vieron la pinta, una mujer alta y barbuda levantó un dedo índice que por las palabras acompañantes señalaba la puerta de la calle.
Y en esa vida a los saltos y ese andar siempre por las orillas comenzó el curso de solfeo para entrar en la banda municipal, pero tuvimos que dejar porque no alcanzaban los instrumentos donados por el círculo de damas.
Parece que mi primo y yo le caímos bien a Ernesto, que una vez nos invitó a su casa, enorme y hermosa, en lo alto del pueblo, a tomar el té como si fuéramos niños educados. Había oído hablar de nuestras travesuras con el maestro Ocampo y nos pidió una demostración vocal. Pero no nos animamos porque teníamos vergüenza de su padre, que se llamaba Ernesto como él, y respeto por su madre, Doña Celia, que instituyó en nuestras escuelas la merienda y leche para todos sin discriminación.
Te cuento para que lo escribas, que la última vez que vimos a Ernesto fue aquel verano que junto a mi primo planeamos apropiarnos de los duraznos en el chalet del viejo músico. Había un duraznero en su jardín, de esos duraznos blancos y tan dulces que cuando maduran son rosáceos por fuera pero por dentro enteramente blancos y jugosos.
Sabíamos a qué horas el viejo componía y a qué hora dormía la siesta, y a qué hora una mujer que lo cuidaba y que era su hermana se recostaba en un sillón a cabecear unos minutos.
Serían como las dos de la tarde cuando nos reunimos. Íbamos los tres subiendo la cuesta, oyendo los sonidos de la siesta en el monte, mejor dicho, ese silencio donde solamente se oye el canto de las torcazas que viene de muy lejos, como del otro lado de la Sierra.
–Che –dijo de pronto Ernesto– ¿cómo es ese asunto de los sonidos extraños que semejan el maullido de gatos y el aullido de lobos?
En cuanto empezamos a probar, que era como afinar, Ernesto soltó una carcajada.
Dominábamos tanto esa forma, tan válida como cualquier otra, pienso yo, de emitir sonidos, que eran prácticamente nuestras notas nuestras formas de cantar. Teníamos a medio ensayar un duetto precioso, donde una de las voces intentaba ser una melodía y la otra hacía un acompañamiento de pura percusión.
Justo cuando estabamos empezándolo, el chalet del viejo se nos apareció de golpe, al fondo una ventana alta, en primer plano los duraznos a punto de descolgarse de la rama, de tanto que los había madurado el sol.
Tendimos el oído a ver si como siempre estaba sonando el piano, pero nada, el viejo seguramente dormía. Nos metimos las puntas de las camisas dentro de los pantalones, embolsándolas un poco para guardar allí el producto de la expropiación y saltamos la verja.
Cortábamos y guardábamos, pero al mismo tiempo comíamos. Pronto desaparecieron los de abajo y hubo que trepar. "Che", dijo Ernesto, "no suban todos a la vez que el árbol es muy débil", y ordenó en voz baja, "parece que el viejo se está levantando". Pero yo ni me moví, mirando el ejemplar de allá arriba, el más grande de todos, enorme, más que un durazno era un faisán, un melón lleno de miel.
Ernesto, mi primo y yo empezamos a sacudir el árbol hasta conseguir el balanceo violento capaz de producir el desprendimiento de la fruta. Caían hojas y pequeñas ramas, duraznos medio secos que no habíamos visto o desechado y bichos cascarudos.
La percepción del olor intenso de las hojas cortadas llegó junto con el ruido de la ventana que se abría, dando paso a esa cara espectral extraída del fondo de la siesta y a sus palabras:
–Niños, lleváos la fruta pero no rompáis las ramas del árbol.
Después de comer sólo los muy maduros, guardar los que estaban a punto y tirar al río los muy verdes, mi primo y yo quisimos hacer el reparto. Ernesto dijo que si él llegaba con duraznos a la casa tendría que dar explicaciones muy serias, de modo que nos cedió su parte. Nuestros padres y tíos se alegrarían de que lleváramos comestibles, y más que ellos nuestros hermanos y primos más pequeños.
Al atardecer estábamos sentados en el murallón del Tajamar, enfrente de la casa del Virrey Liniers. Ernesto dijo:
–Al final no cantaron el dúo. ¿Cómo era?
–Bueno, cantar es un decir. Lo nuestro es más bien un juego o una burla.
–Eso no importa, Daniel, canten.
Afinamos otra vez. Creo que afinar era lo más gracioso, con las caras que poníamos imitando al maestro Ocampo, pero no cantamos el dúo, pues dejándonos llevar por la afinación que nos salió perfecta, brotaron unas especies de modulaciones mozartianas suavísimas y dulces como los duraznos blancos, y Ernesto amigo mío no paró de reír y reír.
Dicen que el viejo de los duraznos era español. Había tenido que huir de su tierra, pero como no se resignaba a vivir fuera de ella, tenía dos relojes, uno para la hora de acá otro para la de allá, a los que daba cuerda todas las noches a fin de que no se le paralizara su patria lejana ni tampoco ésta que le habían prestado. Lo más importante era no perder la diferencia horaria, para que, aunque muy a la distancia, el país que dejó se mantuviera presente en el tiempo de todos los días.

Y parece que alguien que ignoraba la importancia de ese rito llegó un día a la casa y, sin que nadie se diera cuenta, puso los relojes en la misma hora, y dicen que en ese mismo momento, el viejo se despidió para siempre de la música de Alta Gracia y de su tierra, porque pocos días después encerrado en una caja oscura lo llevaron por el mar hasta su tierra, donde duerme todos los silencios musicales juntos.
Mi primo y yo y otros chicos que ya tocaban en la banda, Ernesto, que entonces vivía en Córdoba, merodeábamos por la casa el día de la muerte del viejo, pensando que si en vez de robarle los duraznos le hubiésemos pedido que nos enseñase un poco de música, acaso él hubiese aceptado. Y nos entraba la lástima y teníamos remordimientos.
... El viejo se me apareció de golpe años después en su tierra. Yo llevaba un tiempo en España y una tarde estaba tomando tranquilamente una cerveza cuando en eso pago y me dan el vuelto, y lo veo aparecer flaco y calvo como siempre, enmarcado por el contorno de un billete de cien pesetas, que hacía las veces de aquella ventana de su casa en Alta Gracia donde se asomó para decirnos que no le rompiéramos las ramas de su árbol.
Y con nuestro cómplice en el robo de las frutas me reencontré después de mucha vida. El encuentro tuvo lugar en las páginas de un semanario, en una fotografía captada durante una nevada en Alta Gracia, que mi memoria retenía. La revista, en un número super extra publicaba aquella fotografía para ilustrar la infancia del que yacía en la foto de la portada, rematado a tiros en un pueblo boliviano llamado Ñancaguazú, Valle Grande. Se me saltaron las lágrimas al ver en qué estado había quedado el niño que yo conocí, mi amigo que jamás me discriminó porque era pobre.
Para atenuarlas, recordando aquella vieja y mala costumbre, emití un agudo modulado, mozartiano, como quien intenta provocarle una sonrisa.

*Nota de Valeria Cervero: Relato de Daniel Moyano citado por Aldo Isidrón del Valle en "De Alta Gracia a Santa Clara". Sé que esta historia fue publicada en una revista a principios de los noventa, pero no pude hallarla. Encontré en internet esta versión, incluida en el libro de "De Alta Gracia a Santa Clara". (El "viejo" del relato era Manuel de Falla.)
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