miércoles, mayo 19, 2010

Juan Fernando García: Morón*


I. Los días con Morón

Es el río que vuelve

Así como el otoño se anuncia
en los colores
en las sombras del pino
en la ventana
y el flamear de hojas que mañana caerán
nuestro recuerdo del río vuelve
con otras luces
otras temporadas,
en las huellas que el perro deja
como marca
por las que volverá:
un pictograma de la mente.

Ensueño interrumpido
por un avión que pasa
rasga el cielo, desaparece por detrás
del ligustro que da a la nada.

Los distintos momentos
del azul y del naranja
en el atardecer
imprimen –en esa insistencia aguada–
melancólicas briznas
sobre frutos estallados en el césped:
danza entre velos de telarañas
fragancia desmayada del pinar.

Una desesperada manera de desear el regreso
como el otoño, agazapado
detrás de los duraznos y la higuera.


Paseo. Día 1

En medio de la tarde,
cuando ya nada
del recorrido por la casa
queda
viene Morón con su felicidad a cuestas,
me ve teclear,
leer en la pantalla,
hojear los libros que en la mesita
de la derecha esperan
y posa sus patas en la silla
para acercarse a un brazo
extiende su cuello
y quiere darme besos.
Puede que esa postura erguida
la mantenga varios segundos.
Después se arroja al piso
aguardando mi mano
confirmando que es hora
de una nueva salida.


Paseo. Día 2

Será por ese movimiento de derecha a izquierda
en la insistencia izquierda, derecha
de su cola, que seguirlo da alegría.

Dina pregunta desde el norte:
“¿cómo está el perrito que mira a los ojos?”

también, los facultativos insisten
en reconocer en su expresión
la inteligencia.

Pasamos las estaciones en casa. Felices juntos
atravesamos este verano
echados, con un ventilador en el rostro,
sonriendo.


Escena de la vida doméstica


De aquí, la limadura de oro impresa en la ventana;
se escuchan gritos en el fondo,
cacarea una vecina

y es lo que no se ve, lo que no se oye
una muralla que la imaginación pondera.

Bajamos las persianas
para ser un poco más íntimos,
no descubrirnos en ese cruce de miradas
que nos delatarían.
Juegos impertinentes
y el desconcierto en forma de pantera
salta a vibrar y armarse de coraje.

Aliento a después. Una hoja cae,
siempre caen hojas y del pasado a esta hora:
el mundo atravesado por tu nombre.


Los placeres y los días


Este mediodía de agosto trae
–en el reverso mental
que dejan las clases, las teorías
sobre la escritura–
aromas de una lluvia que niega
su aparición tan anunciada.

Dejo lo que estoy leyendo,
apunto en fotologs familiares
comentarios sobre flores y comidas;
un artista de mi generación alaba
al capitalismo:
esa es su postal desde Miami.

Todo se desvanece en esa bruma:
las razones en el centro
de lo que aquel poema devolviera en sorna.

Un pájaro rompe con su piar lejano
la monocorde insistencia de la maza
sobre la medianera.

¿Se puede entrar en trance, olvidar el martillazo
interminable?, me pregunto, alejado ya
de toda filosofía.

Avanzan las nubes,
la vuelta al trabajo.
En el balcón sentados, Morón y yo
reconcentrados en nuestros pequeños universos
de estos placeres y estos mediodías.

Paseo. Día 6


De antiguas formas, aún guarda secretos el perro:
todo territorio urbano una planicie.
Ni calles ni veredas ni árboles que rechazar.
Avanza, mira a su paso a niños y ancianos
que le devuelven con gentileza una sonrisa.
Sociable, íntegro en estas geografías.
La casa también es la morada perfecta.

Algunas noches, pide un lugar en la cama estrecha.


* Juan Fernando García (Necochea, 1969). Libros publicados: La arenita (2000), Todo (2004), Ramos generales (2006).
** Los poemas que se transcriben pertenecen a Morón, libro inédito del autor.
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