martes, marzo 17, 2009

Ofelia

Por María del Carmen Colombo
El nombre de Ofelia se halla entre los de los pastores de la Arcadia, esa región montañosa del antiguo Peloponeso, en Grecia, considerada por los antiguos como lugar de la vida pastoril sencilla y apacible, escenario preferencial de la poesía bucólica. De ese paraíso probablemente la tomó Saxo Grammaticus para incluirla
en su Historia Danica (1514), donde Ofelia aparece como hermana de leche de Hamlet. En 1576 Belleforest la incluye también en sus Histoires Tragiques.
Esos sucesivos aterrizajes en la dura realidad de la ficción fueron moldeando el carácter del personaje que, en Hamlet, obra de Shakespeare, se presenta en toda su crudeza: viniendo de donde viene es fácil entender la confusión de esta muchacha tímida y poco comunicativa que parece desconocer los códigos de la época y los entretelones de la acción (Yo, señor, ignoro lo que debe creer). Al parecer, cada personaje, incluida la Sombra, es consciente del objetivo que orienta sus pasos (venganza, ambición, etc.); Ofelia cumple como todos una función en la trama, pero, en cambio, desconoce su sentido y, al ignorarlo, se pierde en el deseo de los otros, esa teleraña de intrigas, para ella un laberinto sin retorno, la atrapa como a una mosca y la devora. Ni siquiera su propia muerte resulta consecuencia de una decisión autónoma, porque Shakespeare la presenta, y así ha llegado hasta nosotros, como producto accidental de un estado de sonambulismo extremo, que el autor caracteriza como locura (Llegada que fue (a orillas del arroyo), se quitó la guirnalda, y queriendo subir a suspenderla de los pendientes ramos, se troncha un vástago envidioso y caen al torrente fatal ella y todos sus adornos rústicos). Semejante sobredosis empujaría al abismo a cualquiera.
Avanzando en esa incapacidad del personaje de generar un discurso propio, llegamos a reparar en que Ofelia es huérfana de madre. En ningún momento el texto hace referencia a esta situación, se da por sentado o se omite cualquier comentario al respecto: blanca sombra de ausencia materna empalidece las mejillas de nuestra doncella, quien cae a las aguas pero sin saber flotar.
Posiblemente Rimbaud sabía muy bien de lo que hablaba cuando escribió: Cielo Amor Libertad. Qué sueño, oh pobre loca/ Te fundiste en él como la nieve en el fuego/ Tus grandes visiones estrangularon tus palabras.
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