martes, noviembre 18, 2008

Marc Chagall: con qué palabras se nombra a un padre

"Cuando observaba a mi padre debajo de la lámpara, soñaba con cielos y cuerpos celestes, mucho más allá de nuestra calle. Toda la poesía de la vida se condensaba en la tristeza y el silencio de mi padre. Allí estaba la fuente inagotable de mis sueños: mi padre (...).
¿Con qué palabras se nombra a un padre? (...). Un padre interroga por los sueños de un hijo."
......
"Mi padre tenía los ojos azules, pero sus manos estaban llenas de callos. Trabajaba, oraba, callaba. Como él, también yo callaba. ¿Que sería de mí? Debería quedar asi toda mi vida, sentado delante de una pared o debería, yo tambien, acarrear toneles? Yo observaba mis manos.Tenía manos demasiado delicadas....Yo debía hallar una profesion especial, que no me obligara a separarme del cielo y de las estrellas, y que me permitiera encontrar un sentido de la vida. Sí, exactamente eso buscaba. En mi patria, sin embargo, nunca nadie había pronunciado las palabras "arte,artista". ¿Qué es eso de artista?, pregunté" (...)".
........
"¿Habéis visto alguna vez en las pinturas florentinas a uno de esos personajes con la barba jamás afeitada, los ojos marrones y a la vez color ceniza, y la tez de barro cocido y recubierto de pliegues y de arrugas?
Es mi padre.
O si habéis visto alguna de las figuras de la Hagada, con su aspecto pascual y tontorrón. (¡Perdóname, mi pequeño papá!)
Te acuerdas, te hice un boceto. Tu retrato debiera de haber provocado el efecto de una vela, que se enciende y que se apaga al mismo tiempo. Su olor —el del sueño.
Una mosca zumba —maldita sea— y por su culpa me duermo.
¿Hay que hablar de mi padre?
¿Qué vale un hombre si no vale nada? ¿Si no se le puede apreciar? Y, por esta razón, me cuesta encontrar palabras adecuadas para él.
Mi abuelo, preceptor religioso, no tuvo mejor idea que colocar a mi padre —su hijo mayor—, cuando era un niño, de empleado en un almacén de arenques y a su hijo menor en una peluquería.
No, no fue ni empleado, durante treinta y dos años tan sólo un simple obrero.
Levantaba paquetes pesados y mi corazón temblaba como un barquillo turco cuando veía que cargaba tanto peso y que removía con sus manos heladas los pequeños arenques. El gordinflón de su jefe era tan distante como un animal disecado.
La salmuera del arenque doraba a veces la ropa de mi padre. Los reflejos caían más allá, de arriba y de los lados. Tan sólo su cara, ora amarilla, ora blanca, esbozaba de vez en cuando una leve sonrisa.
¡Vaya sonrisa! ¿De dónde provenía?
Resoplaba de la calle, por donde deambulaban sombras errantes que reflejaban el claro de luna. De pronto, vi brillar sus dientes. Me recordaban los del gato, los de la vaca, cualquier tipo de dientes.
Todo me parecía misterioso y triste en mi padre. Imagen inalcanzable.
Siempre cansado, preocupado, tan sólo su mirada ofrecía un reflejo suave, de un azul grisáceo.
Con su uniforme, grasiento y sucio por el trabajo, con anchos bolsillos de donde sobresalía un pañuelo rojo apagado, regresaba a casa, alto y flaco. La noche entraba con él.
De sus bolsillos sacaba un montón de pasteles, de peras confitadas. Con su mano arrugada y sucia las repartía entre nosotros, los niños. Llegaban a la boca más deliciosas, sabrosas y translúcidas que si llegaran de la fuente de la mesa.
Y una noche sin los pasteles y las peras que salían del bolsillo de papá era una noche triste para nosotros.
Sólo se llevaba bien conmigo, este corazón del pueblo, poético y aturdido por el silencio.
Ganó, hasta el final de sus mejores años, poco más de veinte miserables rublos.
Las pequeñas propinas de los compradores tampoco hicieron mejorar su sueldo. Pero mi padre no fue un muchacho pobre.
La fotografía de sus años de juventud y mis incursiones en el guardarroa me demostraron que mi padre se casó con mi madre dotado de una cierta fuerza física y financiera que le permitió regalarle —a una chica joven de baja estatura que todavía creció después de casarse— una magnífica bufanda.
Cuando se casó, dejó de mandar su sueldo a su padre y llevó su propia casa.
*Fragmentos extractados del libro Mi vida, del pintor Marc Chagall.
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