martes, agosto 12, 2008

Gustavo Zappa*

Ceferino

No tenía más de diez años cuando pidió a su padre estudiar en la gran ciudad. Entonces don Manuel, que en eso también estaba pensando, lo llevó acompañado de un lenguaraz, para hacerse entender por los blancos. Atravesaron la Pampa y después de dos días llegaron por fin a esa infinita sucesión de puertas y ventanas, de fragmentos de horizonte y humo, de olores y rostros desconocidos. Seguro de haber obrado como correspondía, el jefe mapuche dejó a su hijo al cuidado de los hombres de Dios. Pronto el niño aprendió la lengua castellana, se destacó por su bondad y por su aplicación al estudio. En todo, salvo una vez, fue manso, hasta que la tuberculosis terminó con él muy lejos de su tierra, cuando no tenía más de veinte años. Esa sola vez que levantó su voz lo hizo sin palabras, con regocijo, fue cuando con otros chicos desenganchó el caballo del carro del lechero que abastecía al colegio y salió a cabalgar un rato por las calles de Almagro. Era una mañana luminosa de octubre y, ante la mirada despavorida de algunas vecinas que hacían las compras, Ceferino volvió a sentir la amistad del animal, como en el sur, por fin...
*Narrador argentino, nació en Buenos Aires. Traductor. Publicó: La noche avanza en círculos (La lámpara errante, 1984), Tiempo presente (El molino de pimienta, 1991), Una perfecta felicidad (Simurg, 1998).
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