viernes, marzo 28, 2008

Gustavo Mario Fontana*: 222 Cruces

“…el pirómano que en los últimos 26 días incendió 11 comercios de la ciudad de Buenos Aires fue detenido. Circulaba por las calles de Caballito en una bicicleta roja. Detrás del asiento llevaba una botella plástica con dos litros de nafta, fósforos, una pistola, dos cuchillos y una piedra. (…) en la habitación del conventillo donde vivía el detenido, de 25 años y de nacionalidad china, los investigadores secuestraron 20 piedras, una botella de plástico con combustible y un mapa de la ciudad de Buenos Aires. En el croquis había dibujadas 250 cruces. Cuatro de las marcas coincidían con las direcciones de otros tantos comercios incendiados por el pirómano. (…) El detenido, apodado por los investigadores como "Fosforito" e identificado por fuentes del caso como Li Quinz Hong, fue apresado ayer (…) a ocho cuadras donde habría cometido su último incendio conocido. Los elementos que tenemos son más que suficientes para comprender que tiene relación con los hechos", dijo el comisario inspector Rodríguez.”
(La Nación, 2/09/2005)

I.
—Ahora me llaman Fosforito…¡Estoy en la tapa de los diarios! Soy famoso, como mi bicicleta… Si la hubiesen visto tantos como dijeron, me habrían agarrado una semana antes… En cuanto el juez me levante la incomunicación empezarán los reportajes. Me deben estar esperando para que vaya a la tele, los de la radio estarán locos por conseguir la nota… Ojalá que paguen bien, porque apenas me quedan setecientos pesos del trabajo que hice para usted, señor Deng…

II.
Cinco años atrás, cuando Li Quinz Hong llegó a Buenos Aires con apenas 19 años, no hubiese imaginado semejante popularidad. Tampoco que su fama se conocería a través de los medios. En el sótano del Bajo Flores donde trabajaba y dormía junto a otros treinta y siete inmigrantes ilegales, en condiciones infrahumanas y sometidos a la explotación a cambio de monedas y la promesa de unos papeles que nunca llegarían a sus manos, no era mucho el contacto que podían tener con el mundo.
En el taller de jeans que funcionaba en el sótano los francos eran casi inexistentes, y cada vez que eran concedidos había que devolver el “favor”. Pero nadie se quejaba, porque esas salidas eran la única oportunidad de ver el sol, de respirar aire puro o algo parecido, de conocer otra realidad más allá de esas cuatro paredes sucias y descascaradas.
Por lo general la changa era sencilla: había que levantar un paquete de alguna casa cercana al taller, llevarlo a pie hasta otra casa disimulado entre las ropas, por lo común a varias cuadras de distancia, y asegurarse de entregarlo sin despertar sospechas. Y sobre todo, no hacer preguntas. Si la mula era lo bastante afortunada, podía además recibir una propina más o menos generosa por el acarreo.
En una de esas entregas Li conoció al señor Deng, un chino de situación acomodada gracias a sus reflejos y pocos escrúpulos para los negocios. El más conocido era una moderna mueblería ubicada en la calle Gavilán al 1700, que sin embargo no justificaba con sus ventas el nivel de vida que mantenía su dueño: una hermosa casa, quinta, autos último modelo, servidumbre, fiestas todos los fines de semana, y la siempre reciclada compañía de portentosas mujeres.
La primera vez que Li fue a cumplir con un encargo a casa del señor Deng, para su sorpresa el dueño de casa quiso conocerlo y ordenó al mayordomo que lo hiciera pasar al comedor. Dentro de la sala, Li no podía salir de su asombro ante semejante confort. Se hubiese dado por bien pago sólo por disfrutar de ese instante de placer en aquél ambiente suntuoso. Deng era un hombre de unos cuarenta años, aunque parecía algo mayor. Su rostro denotaba el cansancio de una noche agitada. Sentado a la cabecera de la mesa, vestido con una bata de seda, indicó a Li que se sentara al otro extremo. Recibió el paquete de manos del mayordomo, lo abrió y verificó su contenido sin dejar de escrutar cada tanto el gesto nervioso del muchacho. Tras la inspección una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Deng —que pareció arrugarse aún más—, mientras pronunciaba algunas palabras entre las que Li alcanzó a entender “confianza”. Con gesto de satisfacción, el señor le extendió un flamante billete de cien pesos. No hizo falta que diera la orden para que el mayordomo acompañara al joven hasta la salida.

III.
—Porque usted, señor Deng, paga bien y cumple. Siempre se ocupa de mí, me invita a comer y me pregunta cómo estoy. Yo no olvido las que tuve que pasar cuando mi tío me dejó en Chile, y después que llegué a la Argentina. Ahora muchos me ofrecen trabajo, ¿pero cuánto vale la confianza? A mí no me cambian por plata. Hace tiempo que vendo mercaderías para unos supermercados de la zona. No hago mucho dinero, pero tengo la bicicleta. Y con eso más lo que saque por los reportajes …

IV.
Las visitas a casa de Deng fueron haciéndose una costumbre. Según le contó Ho, el jardinero, con quien Li había trabado buena relación una vez que logró superar su timidez, el dueño de casa habría exigido que únicamente el muchacho estuviera a cargo de sus entregas. Cuando el jardinero se aseguró de que Li no revelaría la fuente, le confió que tiempo atrás una mula se quiso pasar de listo y hundió la nariz más de lo aconsejable en el contenido de un paquete. El mensajero fue muy cuidadoso en disimular su falta, pero ningún detalle escapaba al celo de Deng, y para éste la confianza era un valor superior. El jovencito nunca más asomó por la zona, y poco más tarde se supo que había desaparecido. Desde entonces pasaron varios mensajeros, pero ninguno había durado tanto hasta que llegó Li.
Deng era generoso con el joven, lo hacía comer en su cocina cada vez que lo visitaba, se preocupaba por su salud y su vestimenta. No era un gesto común por parte de Deng, reacio a todo tipo de sentimentalismo hacia quienes trabajaban para él. Li por su parte fue desarrollando un gran respeto por ese extraño mecenas afecto a los excesos, de conducta oscura, paternal y temible a la vez.
Pero un buen día su mentor fue aún más allá, cambiando la vida de Li para siempre. Deng le regaló una bicicleta roja “para que dejes de caminar tanto y hagas más ejercicio” —de acuerdo a la breve dedicatoria que acompañaba al presente—, que Li recibió emocionado. Desde ese momento un mundo nuevo se abrió ante sus ojos: poco después Caballito, Flores, Villa Crespo, Almagro y Balvanera ya no guardaban secretos para el entusiasta ciclista, ansioso por descubrir nuevos paisajes urbanos.
Al tiempo dejó de dormir en el taller para irse a vivir a un conventillo en Gaona y Bufano, y por fin renunció al corte y confección de jeans para convertirse en repartidor de comestibles a supermercados, siempre montado sobre su inseparable bicicleta roja.

V.
—Es triste estar solo. Cuando se tiene familia, amigos, vecinos que lo conocen, hasta puede hablar con las plantas como Ho, que dice que les hace bien, y nadie lo va a tratar de loco. En cambio a mí me miran raro, salvo Ho y usted, señor Deng. Usted sí que me entiende. ¿Por qué se enojó conmigo? No es fácil dormir en un sótano a oscuras con gente desconocida, sin poder hablar con nadie… Uno empieza a olvidarse las palabras, se le traba la lengua, y al final no sabe qué pensar…¡Qué suerte que vino, señor Deng! Tengo tantas cosas para contarle… ¿Quiere que le cuente?

VI.
Desde que Li dejó el taller del Bajo Flores sus visitas a casa de Deng se habían vuelto más espaciadas. El señor recibió con fastidio la novedad de la mudanza de Li, pero lo que lo puso decididamente furioso fue saber que había cambiado de trabajo. No podía tolerar que una mula alterara sus planes, siempre estudiados hasta en los mínimos detalles. Sin embargo, Li era confiable y —sobre todo— extremadamente fiel. Deng sabía reconocer la amenaza de la traición con una simple mirada. Tras muchos cabildeos al fin resolvió que el muchacho continuara con las entregas, pero no sin antes aleccionarlo sobre los peligros de introducir cambios en el “negocio”. Lo instruyó para que tomara nuevas precauciones. Li debería respetar el mismo recorrido, como si aún estuviera trabajando en el taller; detenerse en ciertos puntos estratégicos de la ruta para cerciorarse de que no lo siguieran, y extremar la puntualidad en la entrega de cada paquete. Li recibió las instrucciones con actitud sumisa y sin decir palabra. Pero a partir de entonces los encargos para él ya no fueron tan frecuentes como cuando vivía hacinado en aquel sótano, por lo que sus ingresos disminuyeron en gran medida junto con las propinas del señor Deng.
Hacía casi un mes que no llevaba ningún paquete. Esa mañana pasó por el taller como de costumbre, pero al preguntar por el capataz –quien por lo habitual asignaba las changas- le dijeron que no había venido. Decepcionado, escuchó el tintinear de las últimas monedas en el bolsillo y se dispuso a partir, diciéndose que ese no iba a ser su día. Pero no, el hombre que lo había recibido le estaba hablando, y le preguntaba su nombre. “Li, Li Quinz Hong” contestó, con alguna dificultad. “Ah, entonces esto es para usted. Ya sabe a quien entregarlo”. El muchacho sintió un gran alivio imaginando que volvería a ver la figura del señor Deng, a comer en abundancia y a soñar por un rato que estaba en su propio hogar. Y a ganarse los cien pesos, claro.
Decidido y feliz, escondió el paquete, montó en su bicicleta y apuntó a la residencia. A pesar de su euforia no olvidó las recomendaciones a lo largo del trayecto. Con gran prudencia observó todas las paradas. Era evidente que nadie lo había seguido, y completó el recorrido en el tiempo fijado. Todo según lo establecido. Sin dudas, el señor Deng estaría satisfecho.
Pero al llegar, el mayordomo mostró cara de desagrado al recibir el paquete. A diferencia de otras veces, lo hizo esperar en el vestíbulo y lo trató con cierta frialdad. Mientras aguardaba, Li observó por la ventana y alcanzó a ver a Ho, quien terminaba de plantar las violetas de los Alpes y recogía sus herramientas dispuesto ya a retirarse, sin que hubiera advertido su llegada ni su presencia. Tras unos instantes el mayordomo volvió diciendo que el señor Deng no lo esperaba y por lo tanto no lo iba a recibir, que dejara el paquete de todos modos, y que si deseaba comer podía pasar por la cocina y luego marcharse. Dicho esto, le extendió un flamante billete de cien pesos.
Li creyó que debía haber una confusión. ¿Acaso había cometido algún error? Tal vez ya no confiaban en él… Avergonzado, pensó que lo mejor era irse. Sentía el estómago cerrado como para aceptar el convite. Agradeció con una reverencia al mayordomo y se dirigió a la puerta, mientras observaba por la ventana desde la cual ya no pudo divisar al jardinero. Apenas bajó los escalones subió a su bicicleta y arrancó.
No se había alejado ni cien metros de la residencia cuando escuchó el estallido. Algunos escombros llegaron casi hasta el lugar donde se había detenido, impactando contra los rayos de la bicicleta. Una nube de polvo comenzó a envolverlo todo, se oían gritos desesperados, junto a él pasaban personas corriendo de un lado a otro. Li había quedado de espaldas a la casa, y tan sólo atinó a girar la cabeza sobre su hombro sin bajar de la bicicleta para observar por última vez la imborrable escena de la casa en llamas. Secó sus lágrimas mezcladas con tierra, y se fue.

VII.
— La gente corría, yo no sabía por qué. El cielo se puso negro, como si fuera de noche, y cayeron piedras, algunas hasta me golpearon la cabeza… El fuego subía, cada vez más alto… Había que ver cómo quedó la casa… y unos días después su negocio, la mueblería, ¿qué pasó? A mí me gusta andar en bicicleta, ¿sabe?, cuando salga de acá es lo primero que voy a hacer. ¡Cómo extraño las mañanas de sol! Yo casi no conocía la ciudad hasta que usted me regaló la bicicleta. La ciudad está llena de lugares hermosos, plazas, árboles… Pero las calles están muy sucias, hay tanta basura… A veces me siento mal, cuando veo esas vidrieras repletas de muebles, no son como la de su local… Hace falta limpiar toda esa basura, señor Deng. El fuego purifica, alumbra… Ahora estoy tranquilo, me acusan de cosas que yo no entiendo. ¿Cuándo viene un abogado? Yo quiero declarar, pero me cuesta tanto hablar…
El guardia cárceles se asomó al calabozo con un gesto de resignación.
—¡Fosforito! ¿Con quién hablás? ¡Si estás solo en el calabozo!
—¿Ve lo que digo? No entienden lo que hablo. Señor Deng…
—Tranquilo, Fosforito… Vamos que tenés que tomar las pastillas, tranquilito… A ver si todavía el juez no te puede tomar declaración… ¡Diez años por la cabeza te van a dar! ¡Más vale que te hagás pasar por loco, Fosforito! Y encima te agarraron con el mapita ese con las doscientas cincuenta cruces señalando las mueblerías que ibas a quemar, ¡mamita! Menos mal que llegaste nada más que a once…— el guardia cárceles abrió la puerta del calabozo, que rechinó con una sonoridad cruel.
—¿Ve que no entienden nada? Ni siquiera saben contar. Eran 222 cruces, 222.



*Gustavo Mario Fontana, escritor argentino nacido el 2/02/1959. Es computador científico UBA. Casi inédito, salvo un par de textos publicados en la revista Coartadas de los talleres de la BNA, (http://revistacoartadas.blogspot.com/).
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