lunes, abril 28, 2014

"Yo vivo, actúo, respiro y escribo por sed" Entrevista a Patricia Guzmán por Raquel Abend van Dalen






En octubre de 2010,  Hilos Editora ha editado un hermoso libro de Patricia Guzmán, Trilogía, que si desean pueden pedirlo en librerías o en el distribuidor de la Editorial. Aquí un entrevista a la autora para no perderse.
"Yo vivo, actúo, respiro y escribo por sed" Entrevista a Patricia Guzmán por Raquel Abend van Dalen  (expedientesmagenta.blogspot.com)

-En tu poesía se deja sentir un tono emparentado con la poesía mística occidental, ¿cómo lo vives en el momento de la escritura?, ¿ese influjo es evidente para ti?

-No ha sido evidente, ha sido un ahogo, un llamado, un impulso…maravilloso, y sobre todo enigmático. Quizá todo deriva de cómo acontece mi diario transcurrir, transcurrir en el que he adquirido hábitos, rituales que necesito oficiar, y de los que tomo conciencia solo en el instante cuando los expreso, sin proponérmelo, sobre la página que tengo delante de mí. Recuerdo que Juan Liscano fue el primero en advertir (me) que yo no componía poemas, que parecía que me los iba arrancando, que los arrancaba de mi jardín. Para atestiguarlo está el “Pájaro de corazón arrancado”, y el hecho de que “En mi casa todo pájaro amanece curado”. En mi primer libro (De mí, lo oscuro) dije “Estoy hecha de sed”, una sed abrasadora y asfixiante que apenas me permitía balbucear silencios hasta que sentí palpitar en mi pecho el latido de lo improbable y del corazón de un pájaro. Ese pájaro que incesantemente aleteaba en torno a mí, irrumpió en Canto de oficio y desplegó sus alas transparentándose en ángel, figura que “me exigiría otra respiración –como asentase en un texto que escribiese a manera de “Testimonio”, publicado en Trilogía, y que creo necesario referir aquí-, una nueva modulación que se tradujo en experiencia espiritual misteriosa, extrema y extenuante: el canto, la invocación, el conjuro, las salmodias...” A no dudar, la figura del pájaro, luego vuelto ángel, se la debo a San Juan de la Cruz, a su Cántico Espiritual que mientras leía reflejaba en mis pupilas “La herida del ángel”, herida que, repito aquí, tuve que portar como marca de la travesía al borde filoso y punzante de la enfermedad del amado, transfigurado en El Esposo. Mi sed original fue saciada con fervor cuando se me apareció el Esposo, y en medio del vivir viviendo, se volvió mi esposo y se abrió el cielo y asomó la enfermedad del amado, y me entregué a sanarle, y enterré en el jardín el ala de amar, porque preguntándome si lo que sentía eran “… ¿delirios, delicias de Santo?”, asentí.  “En mi casa todo pájaro amanece curado”. Ciertamente, como refieres en la pregunta, en mi poesía -estimo desde El poema del esposo-, “se deja sentir un tono emparentado con la poesía mística occidental” que tal y como he tratado de expresar, vivo de una manera diríase espiritual que me abruma, me asombra y al unísono, me complace.

-¿Qué autores reconoces como influencia?

-Como se hace evidente en lo que dijese previamente, los autores que me imantan son aquellos que me han inspirado y dispensado imágenes y ritmos con los que mi alma dialoga en armonía, como el santo y poeta, San Juan de la Cruz, y la santa de Ávila, por sus Moradas, Santa Teresa de Jesús, precedidos por los poetas Sufí persas del siglo XIV: Hafiz, Shabistari y Rumi. No ha sido menos importante para mí la emoción que he sentido ante los textos que hallamos en libros sagrados como la Biblia y la Torá, y ante aquellos en los que se recogen otros misterios como los que visitaron William Blake y Emmanuel Swedenborg que, junto a la órbita de libros que trazan el poético filosofar de María Zambrano, los poemas y cartas de Rainer Maria Rilke, así como las de Paul Celan, y la poesía y el pensamiento de Friedrich Hölderlin, a más de los versos de Novalis, de Emily Dickinson y de Sylvia Plath, conforman parte del entramado original de las voces que me han inspirado y de las que doy fe. Pero, quienes sí intuyo que me han influenciado y que sin leerlos no hubiese podido escribir los poemas que conforman mis libros son César Vallejo, Armando Rojas Guardia, Ana Enriqueta Terán, Eugenio Montejo y de una manera diría enigmática, Hanni Ossott, pues apenas leí su primer libro tanto ella como sus poemas desencadenaron en mí una especie de mimetismo psíquico que me condujo a escribir versos con “sus” palabras. Su Ángel fue mi Ángel. Y cuando me llegó la enfermedad y tuve que entrar a un quirófano, antes, recuerdo que presa del miedo me persigné y dije: “porque se cierre la herida del ángel”. Acababa yo de escribir mi segundo libro, Canto de oficio, cuya dedicatoria reza así: “A Hanni Ossott por haberme mostrado la herida del ángel”.

-¿Has sentido la necesidad de escribir otros géneros literarios aparte de la poesía y el ensayo?, ¿qué te proporcionan la poesía y el ensayo a la hora de escribirlos?, ¿te da algo distinto cada género?, ¿de qué manera?

-Me complace mucho que te refieras a “sentir la necesidad”, porque para mí es imposible intentar un poema, acometer la escritura de un poema como proyecto, desde la cabeza. Yo vivo, actúo, respiro y escribo por sed, por deseo, por apetito, por necesidad de aire, de belleza, de cantos, de ofrendas, de ceremonias, de rituales...evitando caer en lo demasiado biográfico, cuidando las palabras, los silencios, los ruidos… Comencé a adentrarme en la poesía lenta y progresivamente, mientras frecuentaba los límites del cuerpo, del padecimiento físico y del goce que depara la efímera belleza. Fui caligrafiando páginas signadas por el pálpito de lo vivo amenazado. Restaba palabras para anotar imágenes de lo inmenso que agobia, en agónica búsqueda, ayuna de espacio donde habitar con mis heridas y junto al pájaro y la flor extinta. De ese ahogo nació De mí, lo oscuro. Y con el pecho un poco menos apretado decidí cantar e invoqué “Las razones del pájaro” que al levantar vuelo se hizo Ángel y me condujo a convocar a mis hermanas y a mi Esposo, y portar “La herida del ángel”, integrando así ese libro que registra un cambio en mi respiración, una más lenta y larga, reposada, esa que se escucha en Canto de oficio.
 Luego, para acometer el vivir sólo se me daba el poema largo, con cadencia de salmodias, de oración. Entonces escribí El poema del esposo que, aunque todavía me resulta entrañable, por momentos he llegado a pensar que me fue dictado… Casi de seguido la vida, a la luz de cirios y ecos de bisturí, me llevó a escribir La Boda, y luego otros poemas de menor extensión que nombré “La rosa acallada” y que cierran la antología que reúne todos los libros que publicase desde 1987 y hasta el 2003, titulada Con el ala alta. En cada uno de los textos que escribiese en esos años puedo apreciar la estructura secuencial, una inclinación hacia lo ritual, y una pulsación religiosa que impregnó igualmente el poema La casa de los afligidos y que bien puede identificarse en la edición antológica Soledad intacta que editase Bid&co, en 2009. La poesía me proporciona el aliento necesario para cimentar mi corazón y mi alma, para no sentirme escindida. La poesía me vivifica. Al releer en voz alta algunos de mis versos me turbo por lo que escribiese sin tener conciencia de lo que había cifrado. Me ha deparado extrañas y benditamente perturbadoras experiencias. La escritura del ensayo la fui cultivando al unísono con la de la poesía, entendiendo el ensayo como escritura que intenta develar lo que palpita en otro texto -no explicarlo-, si no envolverlo con un manto para que emerjan las ideas que otro expuso. Cuando escribo ensayos sobre poesía o sobre poetas siento como si escribiese poesía. Intento aprehender lo allí volcado sin forcejeos, de la manera más amable posible. Intento despertar el poema, la idea del otro. Mi guía para la práctica escritural del ensayo ha sido María Zambrano, su noción de razón poética, propuesta filosófica que la autora fundamenta en la idea de que las palabras dan cuenta de la interioridad, se hacen eco de lo que se siente y se significa gracias a la ayuda iluminadora de la razón que logra insertarlo en un sentido. Y es la poesía, insiste constantemente Zambrano, como repuesta al lenguaje de lo sagrado, la que puede dar cuenta de la desvalidez y del amor, de la plenitud y la carencia que han cimentado la posibilidad de la vida humana. También reconoce a la palabra poética como fiel a las contingencias humanas en tanto que no requiere decir por qué existe, ni qué es lo que pretende.  
Al llegar hasta aquí con mis respuestas, para seguir siendo clara y sincera, siento que debo dejar que sea la misma María Zambrano quien dé cuenta de la razón poética, en su incomparable y envolvente manera de expresarse. Según asienta en Notas de un método: “De la razón poética es muy difícil, casi imposible, hablar. Es como si hiciera morir y nacer a un tiempo; ser y no ser, silencio y palabra, sin caer en el martirio ni el delirio que se apodera del insomnio del que no puede dormirse, solamente porque anda a solas. ¿Lo llamaríamos desamparo? Tal vez. Terror de perderse en la luz más aún que en la oscuridad, necesidad de respiración acompasada, necesidad de la convivencia, de no estar sola en un mundo sin vida; y de sentirla, no sólo con el pensamiento, sino con la respiración, con el cuerpo, aunque sea el minúsculo cuerpo de un animal, que respira: el sentir la vida, donde está y donde no está todavía. En este “logos sumergido”, en eso que clama por ser dentro de la razón." Esa “necesidad de respiración acompasada (…) y de sentirla, no sólo con el pensamiento, sino con la respiración (…) el sentir la vida, donde está y donde no está todavía” me las proporciona la escritura del ensayo.

-¿Cómo se relacionan el tema de la enfermedad y la poesía?

-El tema de la enfermedad y de la poesía se relacionan profundamente, tal y como me lo hiciera interiorizar Hanni Ossott al recorrer sus Ensayos sobre el habla poética. Por sus labios fui avisada que el poeta “retoma desde la enfermedad la vida, es decir, la escritura del poema que lo redime del hundimiento”. Esa idea de Ossott, en mi caso encarnó en una experiencia dura que hizo temblar y helar mi corazón, y que me la supo identificar Armando Rojas Guardia al decir, en ocasión de la presentación de mi libro Con el ala alta, que deseaba destacar un aspecto por el que sentía particular afinidad: “la transfiguración de la enfermedad”.  
 Para transmitir esa experiencia tan radical en mi vida que permease todo cuanto escribo, necesito referir el resto de lo que entonces le escuchase a Rojas Guardia: “Digo bien: trans-figurar, es decir, otorgarle a la dolencia un sentido que, transcendiéndola, haga que ella cobre otra figura psíquica y espiritual. A la amarga experiencia de la enfermedad pudo extraerle Patricia –y nosotros a través de ella- el oro verbal de su poema “La Boda”. Es como si con ese texto ella hubiera hecho algo mejor que demostrarnos, es decir, mostrarnos de manera palpable y contundente que no hay objeto, hora ni lugar, por duros o crueles que puedan en primera instancia parecer, que no sean capaces de ser visitados y nimbados por el aliento primordial y genésico de la voz poética, del poder transfigurador de la poesía”. Y si no fuese así, cómo pude entrever estos versos que vertiese en El poema del esposo: “Si amas, tendrás que ir al hospital / En el hospital cuidan de lo amado / En el hospital cuidan del esposo// (Siempre hay un pájaro y una rama y un beso a la salida del hospital) // La enfermedad tiene una sola ala / (Voy a enterrar en el jardín el ala de amar) //…En mi casa todo pájaro amanece curado”. O estos otros en La Boda? : “Yo tenía un Esposo / Pero no me había casado / Las bodas sólo se celebran / Cuando llega la muerte // A mí la enfermedad me obsequió una alianzas…

-¿Qué lugar ocupa la experiencia vital en la escritura poética?

-Luego de intentar, tantear, y aproximarme a la escritura poética por más de veinte años, y a la luz de siete libros publicados, no podría negar que las experiencias que he vivido configuran el sustrato sobre el que ésta se apoya. Mas, se me impone aclarar, que no ha sido un “calco” ni una reproducción literal de acontecimientos y/o episodios de mi diario devenir, porque siempre me he afanado en honrar el oficio, y en especial, en no profanar la página en blanco trazando frases malsonantes o imágenes que no remitiesen más allá de su connotación convencional o inicial sino que fuesen iniciáticas tanto para mí como para los otros.
Al rastrear mis repuestas a esta especie de intenso conversatorio que me has planteado, vienen a mi auxilio para continuar explicando el vínculo entre mi experiencia vital y mi escritura poética expresiones como “todo deriva de mi diario transcurrir”, “para acometer el vivir sólo se me daba el poema largo, con cadencia de oración”, “la vida, a la luz de cirios y ecos de bisturí, me llevó a escribir La Boda”, “la poesía me vivifica”. Necesito añadir: gracias a la poesía pude atravesar la dura y lacerante experiencia de una enfermedad mortal como la que padeciese. Quizá por ello me siento tan agradecida por haberme sido concedida la posibilidad de escribir poesía y por ello también la poesía se me dé como oración, como plegaria, como canto celebratorio. Y me exija además gran modestia: prefiero decir que escribo poesía a calificarme yo misma como Poeta –aunque no ignoro el reconocimiento que se le ha otorgado a mis libros, y el que se me distinga como una voz diferente…-. Reyna Rivas me abrumaba al sostener que mi quehacer poético y mi quehacer vital estaban consustanciados. Y aseveraría en el prólogo de Soledad intacta que: “En todo su quehacer poético está presente su autenticidad, su entrega total esencial y existencial”.

-Tu poética está recorrida por la imagen del pájaro, ¿de qué forma hace eco en ti esta imagen?

-La imagen del pájaro que, ciertamente recorre mi poética, tiene consabidas alusiones literarias y hasta ontológicas. Los místicos la enaltecieron, baste recordar que a la figura del pájaro solitario San Juan le otorgó virtudes que enumerara entre sus “Avisos y Sentencias Espirituales”. En Keats, hallamos el ruiseñor, el ave que las sintetiza a todas. En las “Elegías de Duino” de Rilke el pájaro ha transmutado en ángel y no cesa de desplegar sus alas. Y en la poesía venezolana le debemos a Eugenio Montejo haber identificado la terredad del pájaro.
Mi libro Canto de oficio es en el que sobrevuelan más pájaros, hasta que aparece el ángel. Ambos, pájaro y ángel, pueblan todos mis poemarios. Gravitan sobre mis horas. Pero el eco de esa imagen, proviene de mi infancia, ese reino que muchos filósofos han enunciado como el mundo perdido; el lugar que la imaginación puede recrear con la ayuda de la memoria o gracias a las ensoñaciones. Yo crecí rodeada de pájaros. Mi abuelo materno tenía el bello hábito de adquirir jaulas para pájaros “nacidos en cautiverio”, jaulas que ocupaban el segundo patio de su casa y la de mi inolvidable abuela, que fue la casa –un gran reino- de mi infancia. Los pájaros eran atendidos por un ser muy delicado y especial –familia, más que consanguínea, de corazón-, todas las mañanas. Verla cambiarles el papel del piso, además del agua, y servirles el alpiste, así como escoger las hojas de lechuga o las frutas para cada especie, me hacía sentir como si presenciara un espectáculo, me quedaba hechizada…y me hacen recordar que intenté recrear en un breve poema el humedecer un trozo de pan en agua o leche y con la mano llevárselos hasta el pico…En uno de mis primeros poemas dicha imagen se tradujo así: “Recojo pájaros / con la boca //… Les cubro los ojos / con pan mojado / Les abro la boca / para que recen // Por mí”. Requerí de su presencia, de su compañía, mientras me afanaba en curar a mi amado en El poema del esposo. Le inquirí: “¡Detente, pájaro! / (Al pájaro se le grita si tienes esposo) / ¿Por qué no me dijiste antes que era reducido el espacio del corazón? / ¿Por qué no me dijiste antes que la luz del infierno puede ser buena para los ojos? / ¿Por qué no me dijiste antes que no era pecado estar cansada?” Necesitada de consuelo, le pedí a mi amado: “Esposo / Pon un pájaro dentro de mi taza // Esposo / Pídele al pájaro que me bese // Esposo / Pídele al pájaro que ponga más oscura mi casa // Esposo / Ampárame de tanto pájaro mío”. El eco del canto del pájaro, su silabear, su silencio, sus alas me atraviesan desde mi infancia y aún su presencia en mí no se acalla.

-No refiriéndome específicamente a los pájaros, te pregunto, ¿qué lugar ocupa la naturaleza en tu escritura poética?

-La naturaleza, todo lo que en ella acontece, me produce placer y me plantea interrogantes sobre el origen de tanta belleza y la conjunción armoniosa de tan diversas especies vivas, a más de enigmáticos fenómenos naturales de orden astronómico, meteorológico o geofísico. Pero el paisaje, el lugar circunscrito a una extensión física y determinada y con la presencia de elementos naturales que podemos divisar sobre la línea del horizonte logra imponérseme a tal extremo que lo interiorizo. Pero no dejo huellas de paisajes ni de naturaleza en mi escritura poética. Diría que más que ocupar un lugar en mi escritura poética, la naturaleza, en su dimensión de paisaje, me ocupa; es una experiencia de orden emocional que me ayuda a crear un ámbito de gestación de la idea que se tornará verso. A algún boscaje, al vuelo de algún pájaro, a los acantilados y cumbres que he divisado, a las iluminadas rosas o a la aurora, o la oscuridad más oscura del firmamento, así como a los cirios encendidos, a la penumbra de un recodo de alguna capilla, al fuego que emana del Sagrado Corazón de María, les he de agradecer por haberme asistido para alcanzar la escritura de poesía que lleva mi nombre.

-¿En qué proyecto literario estás trabajando ahora?

-El texto que en los últimos meses ha reclamado toda mi energía física y emocional deriva de una imagen que saliera a mi encuentro entre las Odas de Hölderlin y que me condujo hasta la figura de Él, a quien el poeta identifica y señala: “Tú que no desdeñas la casa de los afligidos”. En esa casa me adentré, con el corazón jalonado por el sentimiento de la aflicción. Y con el corazón afligido anduve, deambulé largos meses –quizá durante todo el año 2007- hasta hallar consuelo en la tórtola que entreví en el hermosísimo tratado místico Moradas de los Corazones de Abu-L-Hassan-al-Nuri de Bagdad y bajo el árbol del almendro, árbol de las nupcias, el árbol que anuncia la luz cuando nadie la espera, cuya fragancia percibí entre las páginas del Éxodo, de la que nos da cuenta la Biblia. Sentí que esas dos fuentes –de orígenes tan contrastantes como la que proviene de un motivo sagrado del Islam expresado en la simbología musulmana sufí, y la que proviene del conjunto de libros canónicos del judaísmo y el cristianismo que según las religiones judía y cristiana, transmite la palabra de Dios- podía entrelazarlas con asombrosa fluidez, en especial gracias a la tórtola que me parecía entonaba su queja ante los versos de poetas que habían ido sembrándose en mí, como ese en el que asoma la última rosa de Ajmátova, los de las rosas de Rilke, aquel de la rosa enferma de Blake y los de las rosas salvajes de Di Giorgio. También se me hizo imperativo atender el llamamiento que impregna un poema de Hermann Hess y varios en los que aflora la desolación de Paul Celan. Y así ha ido naciendo, así ha ido prefigurándose ante mí, y sobre las páginas en blanco El almendro florido. Y aunque ya el texto se sostiene como poesía lograda, no ha terminado de nacer ni de prefigurarse. Sigo entregada a cultivar ese árbol maravilloso y sagrado. Permanezco esperanzada por ver El almendro florido completamente erguido.

*
Patricia Guzmán (Caracas / 1960).
Publicar un comentario