martes, diciembre 13, 2011

Clarice Lispector: Vida al natural


Pues en el río había algo como el fuego del hogar. Y cuan­do ella advirtió que, además 
del frío, llovía en los árbo­les, no podía creer que tanto le fuese dado. Y el acuer­do del mundo con aquello que ella ni siquiera sabía que precisaba como el pan. Llovía, llovía. El fuego encendi­do guiñaba hacia ella y hacia él. Él, el hombre, se ocu­paba de aquello que ella ni siquiera agradecía; él atizaba el fuego, lo cual era su deber de nacimiento. Y ella, que siempre estaba inquieta, haciendo cosas y experimentan­do, curiosa, ella no se acordaba de atizar el fuego: no era su papel, pues tenía a su hombre para eso. No siendo doncella, el hombre tenía que cumplir su misión. Lo más que ella hacía era instigarlo, a veces: «Aquel leño —de­cía—, aquél todavía no encendió». Y él, un instante an­tes de que ella acabara la frase que lo advertía, él ya ha­bía notado el leño, era su hombre, ya estaba atizando el leño. No le daba órdenes, porque era la mujer de un hom­bre que perdería su estado, si ella le daba órdenes. La otra mano de él, libre, está al alcance de ella. Ella lo sabe, y no la coge. Quiere la mano de él, sabe que la quiere, y no la coge. Tiene exactamente lo que necesita: poder tener.

Ah, y decir que esto va a acabar, que por sí mismo no puede durar. No, ella no se está refiriendo al fuego, se refiere a lo que siente. Lo que siente nunca dura, lo que siente siempre acaba, y puede no volver nunca. Se encarniza entonces sobre el momento, se traga el fuego, y el fuego dulce arde, arde, flamea. Entonces, ella, que sabe que todo va a acabar, coge la mano libre del hom­bre, y la enlaza con la suya, ella dulce arde, arde, flamea.

*Traducc.: Cristina Peri Rossi.

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