jueves, julio 28, 2011

Agota Kristof: fragmentos

"Ejercicio de endurecimiento del espíritu

La abuela nos dice:
-¡Hijos de perra!

La gente nos dice:

-¡Hijos de bruja! ¡Hijos de puta!

Otros nos dicen:

-¡Imbéciles! ¡Golfos! ¡Mocosos! ¡Burros! ¡Marranos! ¡Puercos! ¡Gamberros! ¡Sinvergüenzas! ¡Pequeños granujas! ¡Delincuentes! ¡Criminales!

Cuando oímos estas palabras se nos pone la cara roja, nos zumban los oídos, nos escuecen los ojos y nos tiemblan las rodillas.

No queremos ponernos rojos, ni temblar. Queremos acostumbrarnos a los insultos y a las palabras que hieren.

Nos instalamos en la mesa de la cocina, uno frente al otro, y mirándonos a los ojos, nos decimos palabras cada vez más y más atroces.

Uno:

-¡Cabrón! ¡Tontolculo!

El otro:

-¡Maricón! ¡Hijo de puta!

Y continuamos así hasta que las palabras ya no nos entran en el cerebro, ni nos entran siquiera en las orejas.

De ese modo nos ejercitamos una media hora al día más o menos, después vamos a pasear por las calles.

Nos las arreglamos para que la gente nos insulte y constatamos que al fin hemos conseguido permanecer indiferentes.

Pero están también las palabras antiguas.

Nuestra madre nos decía:

-¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! ¡Mi vida! ¡Mis pequeñines adorados!

Cuando nos acordamos de esas palabras, los ojos se nos llenan de lágrimas.

Esas palabras las tenemos que olvidar, porque ahora ya nadie nos dice palabras semejantes, y porque el recuerdo que tenemos es una carga demasiado pesada para soportarla.

Entonces volvemos a empezar nuestro ejercicio de otra manera. Decimos:

-¡Querido míos! ¡Mis amorcitos! Yo los quiero… No los abandonaré nunca… Sólo los querré a ustedes… Siempre… Son toda mi vida…

A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo poco a poco su significado, y el dolor que llevan consigo se atenúa."


*De El gran cuaderno (El Aleph, 1986).



"Tengo cuatro años. La guerra acaba de empezar. Vivimos en un pueblecito que no tiene ni estación, ni electricidad, ni agua corriente, ni teléfono.(...)

Al principio, no había más que una sola lengua. Los objetos, las cosas, los sentimientos, los colores, los sueños, las cartas, los libros, los diarios, estaban en esa lengua.

Yo no podía imaginar que pudiera existir otra lengua, que un ser humano pudiera pronunciar una palabra que yo no comprendiera.(...)

Así es como, a la edad de veintiún años, cuando llego por casualidad a Suiza, una ciudad en la que se habla francés, me enfrento a una lengua totalmente desconocida para mí. Aquí empieza mi lucha para conquistar esa lengua, una lucha larga y encarnizada que durará toda mi vida.

Hablo francés desde hace más de treinta años, lo escribo desde hace veinte años, pero aún no lo conozco. Lo hablo con incorrecciones, y no puedo escribirlo sin ayudarme de diccionarios, que consulto con frecuencia.

Ésa es la razón por la cual digo que la lengua francesa, ella también, es una lengua enemiga. Pero hay otra razón, y es la más grave: esa lengua está matando a mi lengua materna.

Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, sin despedirme de ellos, sin decirles adiós.(...)

¿Cómo habría sido mi vida si no hubiera dejado mi país? Más dura, más pobre, pero también menos solitaria, menos rota; quizá feliz.

De lo que estoy segura es de que hubiera escrito lo que fuera en cualquier lengua.

Cinco años después de haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en una analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años. (...)

Sé que nunca escribiré el francés como lo escriben los escritores franceses de nacimiento, pero lo escribiré como pueda, lo mejor que pueda.

No he escogido esta lengua. Me ha sido impuesta por el destino, por la suerte, por las circunstancias.

Estoy obligada a escribir en francés. Es un desafío.

El desafío de una analfabeta."

*Del libro La analfabeta.
*Agota Kristof (Hungría,1935- Suiza, 2011). Con apenas veinte años, huyó de su país por motivos políticos y se instaló en Suiza. Trabajó durante varios años en una fábrica de relojes. Escribió primero en húngaro, más tarde en francés. Su primera novela, El gran cuaderno, fue publicada en 1986 y ha sido traducida a más de treinta idiomas. En esta novela, dos hermanos, Claus y Lucas, abandonados por la madre al cuidado de una abuela que no los quiere, van anotando en un cuaderno escenas de su vida cotidiana.
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