sábado, marzo 15, 2008

La Calma, de Irene Gruss*

Por María del Carmen Colombo**

Hay en este libro un estilo que tensa el hilo de la ficción hasta el límite. Acaso el tembladeral de una existencia que irrumpe en la escena del lenguaje así lo impone.
Porque se trata de representar un mundo que incorpora los avatares del cuerpo, zonas de sombra y extrañeza, pliegues que necesitan hacerse visibles.
La escritura de Irene Gruss (Buenos Aires, 1950) se ha hecho cargo hasta el presente de este llamado vital. La calma, en este sentido, recupera las huellas dejadas en poemarios anteriores (La luz en la ventana, 1982; El mundo incompleto, 1987). Pero, hay que decirlo, esta insistencia en hacer visible lo invisible convierte su tercer poemario en un gesto de resistencia.
Resiste, Irene Gruss. Señala primero su lugar y lo ocupa. El silencio de quien carece, de quien padece la falta de letra, de palabra, es suyo (“alguna vez/tuvo el nombre de lo que tenía?”). Mujer desprovista, sí, pero deseosa (“ciega que tiene sed/quiere agua/ quiere ver el agua”) convoca a los fantasmas emblemáticos de una cultura. Contra esas voces que reproducen la canción del arquetipo, la suya intenta escandir su propio canto.
Acaso la virtud de este libro, su solidez, se juegue en el contrapunto que sabe instalar. Es la partitura coral donde se desoculta, como nunca antes, la incisiva mordacidad de una compositora. La misma que ha decidido recuperar en cada verso, en cada palabra, la música perdida. Y, con ella, “un lugar,/un toque de infancia/ una frase verdadera”.

*Texto de contratapa del libro de Irene Gruss. Editorial Tierra Firme, 1991.
** Poeta argentina (Buenos Aires, 1950).
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